Antropofagia bélica

Tal día como hoy el 13 de Diciembre del 2007... 
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Los ejércitos que avanzaban bajo el pretexto de extender una «civilización» superior encontraban menos resistencia que los que lo hacían bajo el estandarte del «hemos venido a matarte y a comerte».[1]

[1] Harris, M., 1985, Bueno para comer, Alianza, Madrid, p. 276

¡Por Dios, que vuelva la ballena!

Tal día como hoy el 6 de Diciembre del 2007... 
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Me parece que hay algo vivo debajo, pero no estoy seguro… ¿dónde están los informadores ninja cuando se los necesita?

Disquisiciones felino-frutales

Tal día como hoy el 17 de Noviembre del 2007... 
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Estaba tranquilamente echado en la cama haciendo nada en particular y se ha asomado la duda por allí. He pensado que, en Los Fruitis, el plátano de llama Mochilo porque siempre lleva una mochila; el cáctus (aunque no sea una fruta) se llama Pincho porque pincha; la fresa, el alcalde, se llama Fresón, y la alcachofa, pues Alcachofo. Pero, ¿por qué la piña se llama Gazpacho? Y, a todo esto, ¿Doraemon es hidrocefálico o simplemente cabezón?

Masturbaciones metafísicas

Tal día como hoy el 30 de Octubre del 2007... 
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«En este inmenso océano de materia, no hay una molécula que se parezca a otra molécula; no hay una molécula que se parezca a sí misma un instante: Rerun novus nascitur ordo, he ahí su inscripción eterna…» Y añadía suspirando: «¡Qué vanidad la de nuestros pensamientos!; ¡qué pobreza nuestra gloria y nuestros trabajos!; ¡qué miseria!; ¡qué pequeñez nuestros puntos de vista! No hay nada sólidamente establecido a excepción de beber, comer, vivir, amar y dormir… Mademoiselle de l’Espinasse, ¿dónde estáis? -Estoy aquí.» Entonces se le iluminó el rostro. Quise tomarle el pulso, pero no sé dónde había escondido la mano. Parecía experimentar una convulsión. Su boca estaba entreabierta; su aliento apresurado; lanzó un suspiro profundo y después otro más débil y más profundo; volvió su cabeza sobre la almohada y se quedó dormido. Yo le contemplaba con atención; estaba conmovida sin saber por qué; el corazón me latía con fuerza, pero no de miedo. Al cabo de algunos momentos vi una ligera sonrisa errar sobre sus labios; decía en voz muy baja: «En un planeta en el que los hombres se multiplicaran a la manera de los peces, en el que el desove del hombre se extendiera sobre el desove de la mujer… Tendría menos de los que disculparme… No hay que perder nada de lo que pueda tener utilidad. Mademoiselle, si se pudiera recoger esto, encerrarlo en un frasco y enviarlo mañana temprano a Needham…»[1]

[1] Diderot, El sueño de d’Alembert, Madrid, Compañía Literaria, 1997, pp. 163-164