Alacranes en el pasillo
La historia está llena de injusticias; de dolor, de opresión, de méritos no reconocidos, de sensibilidades maltratadas, de víctimas olvidadas, de monstruos premiados por su crueldad. El Universo no se guía por ningún tipo de principio de retribución, no castiga a los malos por sus maldades ni premia a los buenos por su bondad, por más que mucha gente así lo crea, y lo espere, y lo anhele, y cuando no le llegue, se lo invente. Vivimos en un lugar salvaje e inhóspito, lleno de egoísmo e insolidaridad; el Euribor sube, el pan sube, los huevos suben, la leche sube, y el payaso que contrataste para la fiesta de cumpleaños de tu hijo quizás sea pederasta. Si te suicidas, todo un poblado de niños desnutridos podrá cenar caliente esta noche.
El mundo apesta y no lo podemos soportar. Inventamos y sacralizamos ídolos, y luego nos enfurecemos cuando hacen siete secuelas de mierda en el mismo puto papel y con la misma expresividad que Megan Fox pero sin sus curvas. Sí, estoy hablando de
Todo depende de con qué ojos mires la película. La elección de Pinhead como representativo de la saga
«Combinando la estética de la cultura sadomasoquista con una etérea e inexplicable belleza, las creaciones de Barker reflejan la experiencia sensual en sus extremos. La dicotomía placer-dolor puede ser molesta para algunas personas, pero el ver esta idea encarnada en un grupo de criaturas que producen en el espectador un similar efecto de atracción-repulsión es ciertamente impactante, y claro testimonio de que, a pesar de ser un director novicio, Barker tenía perfectamente definidas las metas de la película, a pesar de sus ocasionales traspiés dramáticos.»
«Dos cosas son las que hacen de esta película un clásico. La primera de ellas es sin duda su estética, un elemento muy cuidado en todas las películas de Clive Barker. Desde la enigmática forma de la Configuración (ya en sí misma todo un icono del género fantástico) hasta la apriencia sexualmente ambigua y fetichista de los Cenobitas, el mundo de Hellraiser se nos presenta como un lugar oscuro pero a la vez hermoso. La obsesión por los piercings, la profanación de la carne por el metal y la plasmación visual del dolor constante es algo que está presente en toda la película, y ciertamente ayuda mucho el hecho de que, incluso tras casi veinte años de su estreno, los efectos especiales sanguinolentos están muy bien hechos (la secuencia en la que vemos a Frank Cotton regenerarse a partir de una mancha de sangre en el suelo sigue siendo tan increíble como entonces), si bien algunos efectos digitales del final (rayos eléctricos más que nada) son sumamente cutres.»
Pero si eludimos la desorientación que tanto pezón agujereado puede causar y vemos la película como una producción cutre de finales de los 80, con muchos FX gore y mujeres con hombreras y el pelo cardado, sin duda el personaje más relevante es aquél que, a falta de un nombre mejor, hemos apodado
No me digáis que no es una cucada verlo retozar por ese pasillito. No hay duda de que él y la protagonista se están timando.

La Jungla 4.0
Estaba jugando a unos scrolling shooters con el MAME y me he preguntado: “¿qué puede ser una buena guinda para coronar toda esta destrucción sin sentido?”. Así que me he visto La Jungla 4.0.
Lo del 4.0 es la coletilla geek que se le ha dado a la película fuera de EEUU. Porque es que los ordenadores, la informática, los juaquers y todo eso son casi el tema central. Casi, digo, porque el tema central es la masacre y la destrucción indiscriminadas (esto es al fin y al cabo lo que diferencia a buenos y a malos: los malos matan a todos mientras que los buenos sólo matan a unos cuantos que entren dentro de un comedido criterio).
La peli es como cualquier otra de la saga de Jungla de Cristal: los malos mueren a puñados entre los comentarios ácidos de Bruce Willis, que está en casi permanente contacto con el Final Boss, a quien da cuenta de sus hazañas mientras se carcajea en su cara. Sí, vale, secuestran a su hija y eso quizás le podría haber cortado un poco el rollo… pero qué va, en realidad se la trajo floja. Puso ojitos cinco segundos e hizo, posteriormente, un par de comentarios chorras. Ahí se quedó la cosa.
Los hackers son como los de siempre, también. Tíos capaces de hacer cosas increíbles y dominar el mundo desde su Pentium con conexión robada (es que si no robas la conexión a Internet no eres hacker ni eres nada, hombrepordioscoñoostiasya) y con la pantallita llena de ventanas y un montón de números y letras corriendo por cada una. Hoy día ya nadie pilla lo del resplandor verdoso de Matrix como algo típico de los ordenadores. Si no le pones Mac OS X y un icono grande del Ipod se te descolocan. Lo verdaderamente geek hubiese sido que el malo lo hiciese todo desde un Spectrum conectado a un televisor de tubo de 14 pulgadas, con una porno de fondo y una pizza a medio comer en una mesa de esas del teletienda.
Willis es un tío ya entradito en años, y no está lo que se dice muy al día de las nuevas tecnologías, así que necesita la ayuda de un hacker, pero de los buenos. La diferencia entre los hackers buenos y los malos es que los malos están fibraos y llevan pistolas y los buenos coleccionan figuras de McFarlane y viven con sus madres. Uno de esos hackers bienhechores es Kevin Smith, que desde lo de Jersey Girl ha hecho que el Universo adelgace a su alrededor y se está dejando decrecer el pelo. A pesar de hacer de un onanista jugador del World Of Warcraft calvo, gordo y sin amigos, su participación es más digna que en Daredevil.
Al final McClane los mata a todos, salva el mundo, o el país, o el oro, o algo de eso, y a la chica… aunque no llegan a intimar porque la chica es su hija y, en fin, en esa parte de EEUU sería algo raro. Ah, sí, bueno, esto es un spoiler…
No sé, a mí me ha gustado. Aunque la hija de McClaine está más buena en Death Proof. Creo firmemente que es un dato a valorar seriamente cuando te planteas ver una película de esta clase; es esto o una porno.

Democracia agresiva
Un buen día estás viendo la tele, exprimiendo naranjas, haciendo calceta o colocando los torsos humanos del armario, y te sorprende una llamada o visita inesperadas (porque, si fuesen esperadas, lo normal sería que no te sorprendiesen). Quizás sea una aseguradora, quien te ofrezca, de gratis, un estudio comparativo de las diferentes ofertas del sector (”no me lo digan: ganan los de la compañía rival”); quizás se trate de la compañía telefónica con la que tienes contratado la línea de teléfono y el ADSL quien contacte amablemente contigo para ofrecerte un contrato de ADSL y línea de teléfono; o también pudieran ser los de esa secta que van por las casas repartiendo folletines dándose lustre, ya sabéis, los del Círculo de Lectores.
Que no es por ellos, ¿eh? Si a ellos ésto ni les va ni les viene. Que es por ti, por ahorrarte dinero, hombre. Es como esos anuncios de Ariel que dicen: “Si todos usásemos Ariel en nuestra lavadora -es en este momento cuando al presidente de la compañía se le tornan los ojos en blanco y tiene un orgasmo- ahorraríamos mil millones de litros de agua al mes”. No están vendiendo un producto; no quieren ganar dinero; sus intereses son puros; Habanos, seguramente.
Llamadme loco si queréis (ja… ja, ja… JA, JA, JA, JA, JA), pero creo que este tipo de negocio, este marketing agresivo, sería extrapolable a ese otro negocio que se conoce coloquialmente como “modernas democracias occidentales” (lo de ‘occidentales’ es un término que se le pone a casi todo, algo así como la denominación de origen; vinos de La Rioja, jamones ibéricos y formas de gobierno occidentales).
Imaginaos. Se podrían establecer modelos mercadotécnicos como, por ejemplo, la Educación para las políticas de urbanismo responsable, donde se sugiriese a determinados políticos el cese de las obras incontroladas y continuadas y molestas y estúpidas por innecesarias, plantando allí mismo, delante de la casa de los susodichos, una obra. Que les levantasen las aceras, la calzada, lo tuviesen todo hecho una porquería, con arena por todos lados y un martillo neumático trabajando ininterrumpidamente de ocho de la mañana a diez de la noche. Además, crearía un “efecto paria” similar al que acontece en las comunidades de vecinos que quieren instalar el cable comunitario y se encuentran en contra al listo que tiene televisión por satélite. Los vecinos del politiquete que se quería hacer el gracioso irritando gónadas ajenas sin sufrir perjuicio en las propias, le hostigarían hasta modificar sus criterios de edificación y remodelación urbana hacia términos más justos.
Se obligaría a los políticos a firmar “contratos de gobierno” abusivos y llenos de restricciones y cláusulas absurdas. Si un político plantea políticas estúpidas o interesadas, se le podría hacer azotar en la plaza mayor del pueblo o la ciudad de turno por un sufrido y concienciado ciudadano vestido de bufón (ésto es algo puramente simbólico). O si se coge a un político corrupto, se le podría llevar a un isla habitada exclusivamente por bebés carnívoros gigantes.
No sé… son sólo ideas… sueños… ah… sólo sueños…
Super Bomberman 2
Yo no soy un gran jugón. Desde las épicas batallas on line del Diablo II no he vuelto a viciarme masimavente a ningún juego. Y, en aquella época, al final, jugaba ya más por avaricia, por sed de poder, por pasar de esa insignificancia de nivel y llegar a lo más alto y conseguir los objetos más majos expulsados por alguno de los jefes de nivel, con mi armadura y el utillaje típico de los buscadores de tesoros, todo engarzado con topacios perfectos para aumentar el chance, la probabilidad de conseguir objetos buenos. Pero eso es otra historia.
Los mejores ratos siempre los he pasado en compañía; y los más mejores de todo el Universo, en compañía del Super Bomberman 2 de Super Nintendo en su opción multijugador. Ha habido más Bombermans, pero ninguno me ha proporcionado más horas de diversión.
Para los sacrílegos que ignoren tan magna obra japonesa, el Bomberman es un juego que consiste en manejar un monigote que pone bombas a troche y moche a lo largo de una pantalla llena de enemigos a los que matar y bloques con jugosas sorpresas que explosionar. Cada bomba desprende una llama en las cuatro direcciones que indica su alcance.

La versión para un jugador es ni fu ni fa. Tienes que ir destruyendo diferentes enemigos, con diferentes habilidades y resistencia de acuerdo al nivel en el que te encuentres, hasta llegar a un final, supongo, al que yo nunca he llegado. No hay mucho que cortar por ahí.
Lo entretenido de verdad llega en su versión para dos jugadores (en el caso del Super Bomberman 2; en el Bomberman World de Playstation, por ejemplo, pueden jugar hasta cinco). Cada uno comienza en una de las cuatro esquinas de la pantalla, asignada aleatoriamente. Las prisas en ese caso no son buenas, y en más de una ocasión me he encerrado al poner una bomba sin querer justo donde no podía escapar de su alcance (con el consiguiente deceso de mi personaje).
Según avanza el combate, los personajes controlados por los jugadores y los controlados por la máquina van adquiriendo habilidades al recolectar power-ups, que se encuentran al dinamitar bloques: velocidad, potencia, capacidad para patear bombas o agarrarlas con la mano o poner más de una seguida. Cuando una de tus bombas se carga a algún contrario, todas las habilidades que tenía se desperdigan por un lugar cercano y las puede coger cualquier otro jugador (o destruirlas con una bomba). Al final, cuando sólo quedan dos bombermans dopados hasta las trancas de power-ups, corriendo a todo correr, poniendo bombas de máxima potencia de ocho en ocho e intentando mutúamente encerrarse, el juego gana un puntito muy especial. Muchas veces te encierras con tus propias bombas, ya que a las velocidades a las que transcurre el juego en ese momento no es del todo sencillo controlar bien al monigote. Otras se acaba el tiempo y nadie gana. Y otras ganas tú, obteniendo satisfacción, orgullo y reconocimiento social; en ocasiones incluso hasta sexo oral. Depende de como te lo montes. Lo que sí que consigues seguro es comenzar la siguiente batalla bañado en oro.
El Bomberman 64, para la Nintendo 64, otorgó más movilidad al personaje, con un escenario en 3D lleno de villanitos adorables que reventar. Fue algo grotesco. Otras versiones de Bomberman han incluido novedades no tan… “novedosas” como la de la N64, aunque tampoco han llegado a hacerse con un huequecito especial en mi corazoncito. Mejores gráficos, más opciones, mayor variedad de power-ups, personajes diferentes con dispares habilidades… Pero el mítico de verdad, el que me conquistó, ése fue el Super Bomberman 2.












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