Masturbaciones metafísicas

«En este inmenso océano de materia, no hay una molécula que se parezca a otra molécula; no hay una molécula que se parezca a sí misma un instante: Rerun novus nascitur ordo, he ahí su inscripción eterna…» Y añadía suspirando: «¡Qué vanidad la de nuestros pensamientos!; ¡qué pobreza nuestra gloria y nuestros trabajos!; ¡qué miseria!; ¡qué pequeñez nuestros puntos de vista! No hay nada sólidamente establecido a excepción de beber, comer, vivir, amar y dormir… Mademoiselle de l’Espinasse, ¿dónde estáis? -Estoy aquí.» Entonces se le iluminó el rostro. Quise tomarle el pulso, pero no sé dónde había escondido la mano. Parecía experimentar una convulsión. Su boca estaba entreabierta; su aliento apresurado; lanzó un suspiro profundo y después otro más débil y más profundo; volvió su cabeza sobre la almohada y se quedó dormido. Yo le contemplaba con atención; estaba conmovida sin saber por qué; el corazón me latía con fuerza, pero no de miedo. Al cabo de algunos momentos vi una ligera sonrisa errar sobre sus labios; decía en voz muy baja: «En un planeta en el que los hombres se multiplicaran a la manera de los peces, en el que el desove del hombre se extendiera sobre el desove de la mujer… Tendría menos de los que disculparme… No hay que perder nada de lo que pueda tener utilidad. Mademoiselle, si se pudiera recoger esto, encerrarlo en un frasco y enviarlo mañana temprano a Needham…»[1]

[1] Diderot, El sueño de d’Alembert, Madrid, Compañía Literaria, 1997, pp. 163-164

Hay cosas que no se pueden decir…

- Uff, qué historia más mala. El guionista debió ser diseñador de vestuario en House Of The Dead.
- Eso es hiriente.
- Ya; me he pasado, ¿no?

Ayer, viendo Standoff, los negociadores.

Es fácil ser un nazi… si sabes cómo

-Al final, después de un año conviviendo con los cabezas rapadas, ¿ha podido entenderlos?
-Creo que si. Mi objetivo era averiguar que siente, como vive y cuales son los sueños y los miedos de los skinhead. Y creo que lo conseguí al convertirme en uno de ellos. Lo importante en una infiltración es mentir solo lo imprescindible, de lo contrario pierdes concentración. Así que al principio tenía que utilizar todo tipo de triquiñuelas psicológicas para ?meterme en el papel?, como buscar en sus postulados ideológicos elementos afines a mi propio carácter; como el odio a las drogas, el amor a la naturaleza, al deporte, la curiosidad por el esoterismo, etc. O recordar que una chica de la que estuve muy enamorado se casó con un cubano de raza negra, imaginándomelos haciendo el amor, para apoyarme en los celos y aparentar -al cruzarme con un negro- un racismo que no siento, etc. Pero con el tiempo terminé por fundirme con el personaje, descubriendo de pronto emociones o sensaciones que yo no provocaba, y que son las mismas que siente cualquier skinhead. En ese momento es cuando puedes asegurar que has conseguido la infiltración perfecta, porque ya no simulas ser un skin? ya te has convertido en un skin.

Antonio Salas, exnovio de la mujer de un cubano

¡Me encantan este tipo de exposiciones llenas de lucidez y lógica! La entrevista completa esta en la página de Mundo Misterioso. El extracto lo comentó hace unos meses Manolo en la extinta lista de correo Charlatanes.

Moral divina

Cuando una moral tiene en su totalidad una estructura autoritaria, la justificación, en general, tiene un sentido religioso. En el cristianismo, por ejemplo, las normas morales son los mandamientos de Dios. En todos los casos de justificación moral nos podemos ilustrar la manera de justificación por la manera en que los padres contestarían a la pregunta de su niño de por qué debemos actuar de esta manera. «Porque somos hijos de Dios», contestarían los padres dentro de la tradición cristiana, «esto es parte de nuestra identidad, y Dios promulgó estos mandamientos».
Ahora bien, una tal justificación religiosa presupone un acto de fe. Además, el niño podría preguntar: «¿el sistema moral es bueno porque Dios lo manda o lo manda Dios porque es bueno?» Si los padres contestan que Dios manda sólo lo que es bueno, esto significa que lo que define una buena persona tiene que estar justificado independientemente del mandato divino.[1]

[1] Tugendhat, E., “¿Cómo debemos entender la moral?”, Problemas, Barcelona, Gedisa, 2002, p. 125

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