Who wants to live forever?

El mero dejar de existir no es un mal para nadie. La idea que resulta aterradora es la que se forja la imaginación al fabricar esta fantasía: la de imaginarnos como seres vivos, sintiéndonos al mismo tiempo muertos. Lo odioso de la muerte no es la muerte misma, sino el acto de morir y sus lúgubres circunstancias, cosas todas ellas por las que también debe pasar el que cree en la inmortalidad. [...] la bendición del Cielo que el budismo propone como recompensa y que puede ser conseguida mediante la perseverancia en la vida virtuosa, es la aniquilación o, por lo menos, la cesación de toda existencia consciente y separada. En esta religión, la labor de los legisladores y moralistas consistió en proveer un motivo sobrenatural que ayudase a los hombres a comportarse con rectitud; y no pudieron encontrar nada más trascendente y excelso capaz de ser presentado como máximo premio y sólo alcanzable mediante gran esfuerzo y renuncia, que lo que a nosotros se nos presenta como idea terrible: la aniquilación. [...] No sólo me parece posible, sino probable, que en una condición más elevada y feliz de la vida humana, no sea la aniquilación, sino la inmortalidad, la idea que llegue a resultar insoportable; y que la naturaleza humana, aunque le agrade el presente y no esté deseando dejarlo, encuentre consuelo, y no tristeza, en el pensamiento de que no está eternamente encadenada a una existencia consciente que dudosamente quisiera conservar para siempre.[1]

He aquí al bueno de Stuart Mill, preparándonos para el calentamiento global, el terrorismo internacional, la desaparición del plátano, el colesterol…

[1] Mill, J. S., 1995, La utilidad de la religión, Alianza, Madrid, pp. 93-95

Escenas: American Psycho

Pseudochentero

Mucha gente todavía no se ha dado cuenta de que lo mejor de los 80 fueron los 90

Camino de ver “Los crímenes de Oxford“.

Falsas atribuciones

La Conducta Supersticiosa la describió Skinner, en sus estudios sobre condicionamiento instrumental, se daba alimento a los animales cuando éstos apretaban una palanca en el momento que se encendía una luz, que les indicaba que el alimento estaba disponible. Esto lo aprendían los animales, después de muchas conductas de ensayo y error, al relacionar la aparición de la luz con la conducta adecuada y la obtención de alimento. En aquel experimento las palomas tenían que apretar una palanca con el pico, en el momento que se encendía la luz, para obtener la comida. Skinner vió a una paloma muy delgada, extrañado porque todos los animales aprendían, observó su conducta y vio que la paloma había hecho un aprendizaje no válido, había relacionado equivocadamente la conducta oportuna. En vez de apretar la palanca levantaba el ala. La primera vez que obtuvo alimento estaría apretando la palanca con el pico y levantando el ala. Hizo la mala atribución de pensar que su éxito se debía a su conducta con el ala.[1]

Y es que no es lo mismo darle al pico que mover el ala…

[1] Rodríguez, C., Almendros, C., 2005, Ladrones de libertad: pseudoterapias “religiosas” New Age, UAM, Madrid, p. 80 (nota al pie)

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