Ultimátum a la Tierra

Carátula de Ultimátum a la TierraYo es que soy así, qué le vamos a hacer. Pese a todas las advertencias y las malas críticas tuve que verla, porque sólo soy feliz con estas sórdidas y funestas excrecencias del peor y más probre cine. Bueno, quizás me he pasado un poco.
La película comienza con Keanu Reeves en la Antártida, o algún lugar de por ahí cerca. Le pasa algo, qué más da qué, ¿verdad?, y ya nos muestran a Jennifer Connelly, que es a quien en realidad queremos ver, impartiendo una clase de Biología, Astrobiología, Microbiología o yo qué sé. Les pone deberes a los muchachos y se va para casa a cuidar a Damien, digo a Jaden Smith, el hijo de Hancock y Niobe a quien todos sabemos por qué le dieron el papel.
Todo transcurre de forma plácida mientras el encuadre y la iluminación permiten evocar sin injerencias la escena lésbica de Réquiem por un sueño o, bueno, quizás alguna más erótica y menos fuerte de cualquier otra película, es decir, mientras el protagonismo recae más del lado de Jenny que de cualquier otro personaje. La sustraen de su hogar, alejándonos muy agradecidamente del crío del agente J, y la meten en un helicóptero o un camión o algo de eso, no lo recuerdo muy bien, junto con un montón de científicos más y un ingeniero. Le cuentan que un objeto viajando a una velocidad cercana a la de la luz se va a hostiar contra la Tierra, destruyendo, casi con toda probabilidad, el Dunkin’ Donuts de Folsom Street esquina con Canyon Boulevard en Boulder, Colorado, y quizás también el resto del planeta. Y lo va a hacer ¡YA!

Sorpresivamente para todos, la cosa no llega hasta tales extremos. Una esfera brillante se posa sobre Manhattan y de ella salen Keanu Reeves y el pívot de Raticulín en la NBA intergaláctica. A Neo le pegan un tiro, se lo llevan a una base improvisada, le curan, le preguntan que qué hace por allí, que si turismo o negocios, la loca de Misery hace que le interroguen con un polígrafo que no sale bien porque, en fin, no tiene mucha fiabilidad y, además, las preguntas de testeo son una vergüenza, hay que ser muy primo para creerse que las reacciones fisiológicas que aparecen al responder esas trivialidades serán similares a las que aparezcan al comentar una verdad de, digamos, más enjundia; ah, y bueno, porque el bicho, esto, Keanu, que se llama Klaatu en la película, se escapa sin responder una mierda, recalando en una estación de tren, o de autobús o de algo por el estilo, no estoy yo muy fino con los transportes, donde le da un chungo, una hipoglucemia o una salmonelosis, algo de eso.
Llama a la Connelly, que cuando estaba en la base se portó muy bien con él, y le dice que vaya a buscarle, que ahí hay mucho crío llorón y mucho anciano gritón. Se pasan a por él, sí, en plural, Connie y su hijo, o hijastro, el Jaden, que ya por aquel entonces se ha ganado mi desprecio absoluto y ha sido torturado hasta la muerte de las formas más crueles e inimaginables, y se lo llevan a un MacDonalds a hablar en chino con un tío que parece chino pero que no, quien le dice que sí, que los humanos, ¡piugh!, un asco, unos tíos penosos, un desastre, de lo peorcito que te puedes echar a los ojos, pero que hay una tía con voz suave y melosa y pezones como saetas flamígeras que le hace tilín, o que los humanos tienen un no-sé-qué, una de las dos, y que prefiere quedarse allí pese al genocidio que tienen preparado a irse. Porque sí, el Klaatu y el bigardo aquél que vino con él van a cargarse a la humanidad; qué cosas, ¿eh?, con la de tiempo que lleva la humanidad intentando lo mismo.
Después de comerse un Big Mac y unas papas fritas, Klaatu, Jenny y el crío asqueroso ese se van en coche al campo, al bosque más bien, donde K. hace aparecer una esfera parecida a la de Central Park del légamo pantanoso y Connelly descubre con consternación lo que nosotros ya sabíamos desde el principio, que somos gente leída: Johnny Mnemonic ha sido enviado a la Tierra a decidir si los humanos son buenas personas y están dispuestos a reciclar las latas de Pepsi o si, por el contrario, son de esa gente que tira al cubo de restros orgánicos de todo, papel, plásticos o lo que se tercie.

Pasa algo más, ¡piung!, ¡pañum! Acción, acción, coche, ¡boum!, explosión, corre, corre que te pillo y llegan a casa de John Cleese, quien tiene experiencia enfrentando bestias homicidas como demostró en Los caballeros de la mesa cuadrada. Después de jugar con Harker al Telesketch de nuestros padres, la pizarra, se sientan, le exponen la situación y en cinco minutos le explica a Klaatu que los humanos son un poco cafres pero que la exterminación es como un poco demasiado y que si ellos consiguieron no cargarse su planeta evolucionando (como los Pokémon), los humanos mucho más, y los norteamericanos ni te cuento, que para algo son la primera potencia económica, militar y científica del mundo, muchacho. Mientras Cleese le pone los puntos sobre las íes a Keanu, con educación, despacito y sin exabruptos, eso sí, y hace, por petición popular, lo de la Spanish Inquisition, Jaden, el crío del demonio, que está viendo la tele y dejándonos descansar un poquito de su empalagosa y cargante presencia, aprovecha para llamar a la policía, el hijoputa. (Agh, cómo lo odio; sé que probablemente no sea su culpa, que cualquier mocoso sería igual de enervante, pero no lo puedo evitar).
Tras escapar de la casa del Monty Python, K. y el crío de los cojones se hacen colegas en la huída; a Jenny la pillan de mala manera y la llevan ante la de Tomates Verdes Fritos, quien le recrimina su actitud y le dice que muy mal, que esta noche se queda sin postre o algo así y que ya hablará con los padres de Klaatu para que le apliquen el correctivo adecuado.
Después de una lacrimógena escena en la que el frágil y pequeño cuello de Jaden se quebraba entre mis manos frías en una demencial catarsis alucinatoria como no he tenido en mi vida, K., crío lastimero y cabrón y Jenny se reencuentran, esta vez con el beneplácito gubernamental, y se van a parar al gigante que venía en la esfera y que a esa hora debía estar sodomizando Manhattan. Y así es, ya ves tú.
Klaatu sacrifica su vida para darle al botón de apagado y nos salva el culo a todos, no sin antes socorrer a Jaden y a Jenny, que estuvieron a punto de palmar; ese jodido retaco asqueroso jugó con mis sentimientos haciéndose el muerto por unos segundos, nunca se lo perdonaré. Y, bueno, fin.
Los primeros veinte minutos, o por ahí, no están mal, pero luego pierde, pierde mucho, muchísmo. El renacuajo es matable. Jennifer Connelly está muy bien, y además hace un buen papel pese a la adversidad de un guión execrable que deja a los sollozos de un niño la supervivencia de la especie. Keanu Reeves, impasible e inhumano, como siempre. Y al que se le ocurrió la escena del cementerio que no me lo encuentre por la calle.

Keanu mira con cara de sorpresa al interrogador

Ouijas, extraterrestres y mala educación

«Yo les haría una pequeña sugerencia a estas personas que bueno, que de buena fe pues contactan [a través de la ouija] con extraterrestres, como ha dicho: el caso del comando Ashtar, el grupo Aztlán. Que tengan cuidado también, porque no todos los extraterrestres tienen que ser mejores que nosotros; a lo mejor tienen una tecnología superior, ¡pero son mala gente! Y a lo mejor están poco evolucionados tecnológicamente hablando pero moralmente o en lo espiritual son mucho mejores»

Juan Carlos Salamanca feat. Vázquez Bros.

Extracto (min. 21:41 hasta 22:11; abajo está el corte, por si lo quieren escuchar, y el programa completo en MP3) de un programa radiofónico de los insustituibles hermanos Vázquez, a quienes ya elogié en el pasado aquí.

La ouija: casos, peligros y conclusiones (Fernando y Santiago Vázquez; MP3).

Anarcoliberalismo

Usted habla de las masas y de las clases trabajadoras como si ellas fueran el problema. Usted tiene la estúpida idea de que si viene la anarquía la traerán los pobres. ¿Por qué debería ser así? Los pobres han sido rebeldes, pero nunca anarquistas. Ellos tienen más intereses que nadie en un gobierno decente. El hombre pobre tiene un interés específico en el país, el rico no lo tiene, él se puede ir a Nueva Guinea en un yate. El pobre ha objetado a veces que se le gobierna mal, el rico siempre ha objetado que se le gobierne. Los aristrócratas siempre han sido anarquistas, como se desprende de las guerras entre barones.[1]

[1] Chesterton, G. K., 2000, El hombre que fue Jueves, Valdemar, Madrid, p. 195

Una historia de violencia

Fujitsu-Siemens me ha visto la cara. En realidad, nos la ha visto a todos. Sólo así se puede explicar que lleven más de un año para intentar solucionarme un problema de iluminación de la pantalla del portátil. Ya casi hasta me he acostumbrado a leer medio a oscuras; cuando me pongo con el sobremesa exclamo: “¡Ah, cuánta luzzzz! ¡Tfi, tfi, tfi, tfi, tfi! [Sonido de succión]“.
Con cada “reparación”, aparecen en la cubierta del ordenador nuevas muescas de guerra. Allí donde había un pequeño bulto negro de goma ocultando un tornillo (en un bello, lejano e idílico pasado) han emergido horribles cicatrices. Del embalaje original mejor ni hablar; decir tan sólo que se fue un día a comprar tabaco y nunca volvió, y que en casa le echamos mucho de menos. Los de F-S me han dicho que sin problemas en el paraíso (no te jode, como que lo habéis perdido vosotros, mamonazos); no sé si mantendrán la misma opinión si, por casualidades de la vida, tienen que reembolsarme el coste de un aparato dañado desde el principio.
Lo mejor ha llegado hoy. El ordenador con iluminación defectuosa ya ni enciende. “¿Para qué?”, se preguntará, inocente. Les envío un muchacho sano y recio con problemas de visión y me lo devuelven desnutrido, rígido y con las pupilas dilatadas. Un pisapapeles de puta madre. El operario del servicio técnico me dijo al principio que era la estática, aunque cambió su diagnóstico a negligencia médica tras realizar unas comprobaciones rutinarias. “Embálalo y envíanoslo otra vez, que lo repararemos [Risas de fondo]“. Chachi.
Con los gemidos sordos del cadáver de una joven en lo que viene siendo la violación más multitudinaria y prolongada de nuestro país, ajado ya el cuerpo por continuos y violentos embites pélvicos, de fondo, me despido y os dejo una pequeña pregunta que, qué duda cabe, evocará en el lector agudo profundas reflexiones: ¿cuánto debería esperar antes de solicitar la íntegra devolución del importe del cacharro?

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