Ni humanistas ni científicos

Al hilo de la crítica a La razón estrangulada que escribí el otro día, pude leer ayer un artículo en El Norte de Castilla sobre la falta de vocaciones científicas. Fue gracias a mi desorientación natural, que me impelió a bajarme, por error, unas cuantas paradas antes de llegar a mi destino y me obligó a caminar como un pato mareado y sin rumbo hasta que ardieron mis zapatillas, que pude encontrármelo, ya que raramente leo prensa en papel, mucho menos El Norte; era eso o el Marca.
En el artículo se dan una serie de claves para explicar el increíble descenso de matriculaciones en carreras científicas de los últimos años (no levanten la ceja apresuradamente: el descenso en humanidades le sigue muy de cerca), como la falta de atractivo de la carrera científica (mucho esfuerzo y poco rédito), la nulidad de los profesores de Bachillerato o Secundaria a la hora de despertar interés por la ciencia entre su alumnado o las bajas expectativas laborales.

Escasa disposición al esfuerzo, pérdida de prestigio de las ciencias en la vida cotidiana y alumnos que no han sido motivados en los estudios previos. Son razones de peso para explicar que el número de estudiantes matriculados en las licenciaturas de Ciencias Experimentales haya caído en la última década un 37%, frente a la media del 23% en el total de la Unversidad. Por establecer una comparación: en el mismo período, el recorte de las matrículas en las licenciaturas de Humanidades, que tanto preocupa y con razón al mundo de la cultura, ha sido del 28%.

Ni humanistas ni científicos (El Norte de Castilla).

El Sueño de Hierro

Pues nada, oyes, que ahora me da por escribir reseñas de libros en el Facebook y al final, cuando termino, me digo: “Joder, si tiene el formato justico, justico para una entrada en el bleug ése que abandono por temporadas”. Y aquí la he traído; liberada para el mundo, otra reseña. En esta ocasión de un libro quizás menos polémico que el anterior: El Sueño de Hierro de Norman Spinrad, una distopía dentro de una ucronía, con delirios nazis, mutantes con cara de huevo y muchas, muchas cosas más. Zetosa contribución a mi bagaje subcultural gracias a don Javier, alias Vaughan, quien me la envió en generosa respuesta a mis ofrendas comiqueras. ¡Hail Jaggar!

Portada de El Sueño de HierroEl Sueño de Hierro
Una novela de ciencia-ficción crítica con las novelas de ciencia-ficción, como afirma el autor en un ensayo posterior recogido en la reedición de AJEC.
El libro es una ucronía que recoge la novela que habría escrito Hitler («El Señor de la Esvástica») de haber emigrado a EEUU y cultivado el género de ciencia-ficción en lugar de dirigir el partido Nazi. En ella se pueden observar paralelismos con la historia del Tercer Reich además de, como relata una falsa crítica al final de la misma, una demente escalada de violencia y la descripción de las más extremas y fantasiosas acciones por la “pureza de la raza”.
El «Verdadero Hombre» Jaggar es el encargado de la mesiánica tarea de llevar a su pueblo por encima de las contaminadas razas inferiores que habitan y constriñen con su mera presencia hedionda y degradante a los humanos incontaminados. El protagonista, dotado de excelentes cualidades físicas y, más importante, de los genes correctos, impone su agresivo y autoritarista gobierno, al que accede tras asesinar a su competencia política, a la ciudadanía de Heldon. Inmediatamente comienza una guerra genocida contra los pueblos circundantes con la esperanza de llegar con prontitud y deshacerse definitivamente de los «Dominantes» (Doms), la más odiosa de todas las razas corruptas.
En su camino de dolor y destrucción de «Cara Huevos», «Pieles Azules» y otros mutantes degenerados, Haggar y sus consejeros se congratulan de la celeridad, economía y «humanidad» del exterminio de éstos, posibilitado por la excelencia de la ciencia Heldon. Será esta ciencia superior y rápidamente desarrollada la que permitirá, a una población de «Verdaderos Hombres y Mujeres» marcados por el estigma de la contaminación como última y macabra acción «Dom», replicarse de forma eficaz y asexuada y generar una nueva humanidad pura y perfecta con la que conquistar el espacio, colofón de un depravado y enajenante delirio nazi.

La razón estrangulada

He publicado una reseña de este libro, escrito con pericia y maestría, según algunos, por Carlos Elías, y que leí hace un par de meses, en Facebook; y como me ha quedado bonita y lo suficientemente larga como para merecer una entrada de este sucio y menesteroso bleug, pues aquí la dejo.

Portada de 'La razón estrangulada'La razón estrangulada
A pesar de tocar un tema atractivo y preocupante, el autor peca de paranoico señalando como culpable a todo el que se le cruza por delante.
No ofrece sustento suficiente para su tesis, que no pasa de ser una conjetura bastante lamentable, y en un absoluto y demencial arranque de vehemencia interpreta mal a filósofos de la ciencia como Popper o Lakatos, etiquetándolos como posmodernos y acusándolos de ser unos resentidos que odian la ciencia.
El resentimiento es, según Elías, lo que primordialmente mueve a los académicos de sociales y humanidades, quienes atacan sistemáticamente y con mala fe la ciencia al haberse visto imposibilitados para entenderla. Lo de que ‘atacan’ a la ciencia ha de leerse de una forma extensa; más bien critican la imagen ingenua de la ciencia que tiene el autor.
Como punto positivo, pues quizás podríamos destacar que ofrece descripciones sobre la labor científica valiosas para quienes son ajenos a ella; hace revisión y crítica de algunas publicaciones científicas así como de la precariedad de la profesión de científico en nuestro país (y otros), lamentándose de ella y de su naturaleza revulsiva para las nuevas vocaciones.
Como han señalado otros (aquí, aquí y aquí), es muy posible que lo que defienda Elías agrade a cierto sector académico al respaldar los prejuicios que se tienen hacia “los de letras”, olvidándose de que las más brutales críticas a los filósofos y sociólogos posmodernos no provienen de científicos sino de otros filósofos y sociólogos, que son previas a escándalos como el de Sokal. Elías quiere convencer a sus lectores de la falta de crítica, o lo baldía de la misma, en los círculos a los que acusa de promover el odio a la ciencia y de dogmáticos, poco preparados y endógamos.
En definitiva, la pataleta pueril y el gatillo fácil acaban con un libro con un planteamiento en principio interesante. Cierto capítulo (‘De lo científico en el arte’), en el que Elías analiza un cuadro de la National Gallery de Londres, no tiene perdón ninguno y es suficiente como para hacerle merecer un apaleamiento en alguna plaza al amparo de las autoridades públicas y por parte de sus compañeros químicos, para no levantar sospechas.

Extra: haikus en Twitter
En su momento hice también unos cuantos comentarios jocosos en el Twitter, que no está de más recoger aquí y no dejar caer en la efímeras y frías garras del microblogging (¡igh!).

Leído hasta el capítulo cinco de ‘La razón estrangulada’, ratifico lo dicho por Ángel en el GOLEM Blog: http://tinyurl.com/9kech8

No estoy seguro de si recomendar el libro de Elías; a mí me parece un chiste de 400 páginas, pero hay quien se lo ha tomado en serio.

‘Las revistas de impacto y la ciencia mediática’ es por ahora el capítulo más chanante del libro de Elías.

Aun cuando Worrell reconviene a Elías sobre Popper y Lakatos, éste sigue interpretándolos mal y vilipendiándolos cuando tiene oportunidad.

Tengo suficientes películas, series, porno y albóndigas en salsa verde para aguantar un invierno nuclear.

Vale, la última no tiene nada que ver con el libro. Pero me hizo gracia cuando la releí.

Microhistorias de una ficticia vida real (II)

Hoy me ha venido a la memoria un acontecimiento de mi infancia. Jugaba al fútbol cuando resbalé y caí hiriéndome la muñeca. Al principio sólo dolió el impacto, pero pronto mi brazo se hinchó y me vi impedido para mover con libertad mi mano, so pena de insoportable sufrimiento.
Recuerdo a mi padre llevándome en coche a las urgencias del hospital; fue la primera y, de hecho, la última vez. Tras varias horas de densa espera, un médico me examinó con poca dulzura y falto de amor, cariño o la más mínima empatía, me colocó la mano, que había quedado doblada, en una postura decente, no sin gran dolor, llantos y chillidos histéricos (bueno, tanto no), y me escayoló el brazo casi hasta el codo.
En el colegio utilizaba una pequeña bandera de la comunidad a modo de cabestrillo; no podía hacer gimnasia y el resto de las clases me las pasaba embobado escuchando y sin poder tomar apuntes; sólo participaba de los ensayos de teatro en alternativa al bable.
No quiero que se me malinterprete; era capaz de coger entre los dedos un bolígrafo y escribir, si bien debía mover todo el brazo en comparsa. Simplemente me fingí más dañado de lo que estaba, al menos físicamente.
Mi mayor, más mágica y triunfal actuación tuvo lugar durante la feliz celebración de un examen. Aun sin obligación por parte de nadie traté, durante aproximadamente quince minutos, de escribir con mi zurda, desprendiendo una imagen de tortuosa entrega, arrojo y valentía, valores popularizados en aquella época por Antena 3 en sus sobremesas de fin de semana. La profesora se acercó y me susurró con voz penosa y ahogada que no tenía porqué continuar.
Nunca tuve que repetir ninguno de los controles realizados en el ínterin de mi recuperación.
Pero, como digo, ésta es una historia ficticia.

Toy dañao

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