La falsa ecuanimidad del agnosticismo
Ayer, casualidades de la vida, varias bitácoras que leo con diaria periodicidad han coincidido en alentar a los ateos a afirmarse como tales en su vida social, lo que se suele conocer como ’salir del armario’, puede que no tanto por aversión a la primera expresión como por brevedad. Primero fue Rinzewind y luego el Camarada Bakunin, donde se ha desarrollado algo más extensamente el debate (digo yo, por la cantidad de comentarios que hay, que no los he leído).
Como suele pasar cuando se comentan este tipo de cosas, algunas personas se han descrito a sí mismas como ‘agnósticas’, condición más aparentemente justa que que la de ateo, dado que, mientras el segundo niega la existencia de uno-o-una-o-varios-o-varias-dioses-o-diosas, el primero declara su ignorancia al respecto.
Pero esto es algo que muchos estamos acostumbrados a oír en boca de algunos que falsamente se definen como ‘escépticos’ (’pseudoescépticos’), quienes equiparan las elucubraciones peregrinas y sin sentido de su pseudociencia preferida (ya sea la parapsicología, la ufología[1] o las cucharitas de Uri Geller) con el conocimiento basado en la evidencia empírica. En estos casos se dice que no se puede demostrar un negativo, para salvar de la negación esas bonitas creencias irracionales, a lo que solemos argumentar que la carga de la prueba cae sobre quien afirma la veracidad de esas tonterías y, por lo tanto, su perentorio estudio científico.
Pero esto no es suficiente para aquéllos, para quienes la sola posibilidad de la existencia de su tonta conjetura es suficiente justificación de un estudio científico y profundo y objetivo y a poder ser remunerado. Y es entonces cuando aparecen los unicornios rosas, las teteras de Russell, las Barbies lunares y ejemplos similares que vienen todos a decir algo tal que: no es lo mismo la afirmación de una conjetura salvaje y arbitraria que su negación, consciente además de que muy probablemente ni siquiera podrá ser corroborada (o lo será pero con mucha dificultad) por medio alguno.
En el caso de la religión, al menos de la católica, que es la más conocida por aquí, la idea que se transmite de Dios, además de cínica e irreal (intentando justificar la suprema bondad de tal ser en un mundo más bien poco bondadoso), no guarda coherencia lógica (es contradictoria en sí misma), es completamente infalsable (bueno, dicen que la iluminación viene post mortem…) y otras cosas que no me apetece enumerar ahora, que es tarde y tengo sueño.
Como sea, afirmación y negación no guardan simetría, y es normal, por tanto, que para algunos la postura de aquellos agnósticos que defienden la igual posibilidad de ambas nos parezca inicua. Yendo más allá, incluso un agnosticismo más moderado o tendiente al ateísmo puede aparecérsenos como injusto (desde luego, es de esperar que un ateo considere su opción como máximamente racional y, por lo tanto, el resto de opciones como irracionales en diverso grado). Pero esto último lo dejaré de lado por el momento.
Todo eso se va a entender mucho mejor con una pequeña ficción. Imaginemos que yo, aquí, digo que existe un ser de unas determinadas cualidades, que por comodidad para el desarrollo del relato llamaré ‘Omamba’. Otra persona, que confía mucho en mí y se cree todo lo que yo digo, comienza a defender la idea de la existencia de Omamba, pero pronto se topa con toda clase de argumentos que ponen en duda tal cosa. En lugar de resignarse vira sobre sí mismo 360º, cual político, y ataca a los críticos de Omamba afirmando que la negación de éste no es más que un prejuicio que no pueden probar y que, como mínimo, han de mantenerse en estricta duda sobre el tema. Todo esto es acompañado por la sutil vivencia de varios creyentes en Omamba, quienes dicen que Omamba les guía y les da fuerza para sobrellevar sus penas diarias, y que aquellos que niegan o dudan de su existencia lo hacen por no haber vivido una experiencia como la suya (con el intuitivo conocimiento de la existencia de Omamba que eso supone) o que, aun viviéndola, la niegan y atribuyen a otras causas. A su vez, estos testimonios de creyentes expanden la comunidad de fieles de Omamba.
En esto, yo, presionado por ciertos comentarios en el post en el cual dí a conocer al ser, pero sobre todo por el régimen vegano y de abstinencia sexual a la que pretenden someterme por la fuerza ciertos seguidores como profeta de Omamba que soy, declaro que todo es una invención, parte de un comentario crítico con el agnosticismo y en el que pretendía mostrar la falta de equilibrio entre las ideas teístas y las ateístas. Muchos creyentes se resignan y comienzan a rendir culto al pastafarismo y al único y verdadero Dios, el FSM; otros se niegan a admitir mi confesión y simplemente la ignoran; y otros dicen que me he corrompido, me golpean 101 veces los testículos y luego me lapidan, tal como manda la Ley Divina de Omamba en estos casos.
Ahora los críticos tienen una nueva baza contra Omamba: su iniciador ha confesado el fraude. Pero como hemos visto, algunos creyentes directamente niegan tal confesión atribuyéndola a otros factores, como mi corrupción. A esto Popper lo llama ’sesgo convencionalista’, y consiste en introducir explicaciones auxiliares para salvar una teoría de los inconvenientes que se le presentan.
En esta ficción yo soy alguien especialmente atractivo y, con motivo de mi prematuro y salvaje deceso, mi foto circula por varios telediarios. Tal es su éxito que un club de fans de Alejandro Sanz decide convertirse, por unanimidad, en un club de fans de Psicopanadero y velar tanto mi valor estético como mi integridad moral. Para ello, la presidenta del Club de fans de Psicopanadero, a la que llamaremos fan histérica #1, escribe un artículo en su blog ensalzando mis virtudes y criticando el culto a Omamba, que por estas fechas se ha escindido en varias ramas, con argumentos similares a los expuestos arriba. A no muy tardar llegan a su artículo un grupo de fervientes seguidores de Omamba, de entre los que destaca una a la que llamaremos fan histérica #2, que es quien con mayor elocuencia argumenta a favor de su creencia y en contra del inmoral falso profeta Psicopanadero. Por error, creyendo que aquello es todavía un club de fans de Alejandro Sanz, llega una tal fan histérica #3, a quien todo esto ni le va ni le viene, y se declara agnóstica sobre Omamba, añadiendo además que, dado que no hay posibilidad lógica de despejar la duda sobre su existencia (diferentes creyentes se han encargado de empujar la idea de Omamba hacia la infalsabilidad), la posición de fan histérica #1 y la de fan histérica #2 son igualmente dogmáticas.
¿Os parece justa la posición de fan histérica #3?
Quizás alguien se me pueda quejar de que este relato “tiene trampa”: en él asistimos tanto a la creación como al desarrollo nada alagüeño del mito de Omamba, algo que en las religiones, al menos las más seguidas, parece permanecer en un oscuro limbo de desconocimiento. Pero si alguien es lo suficientemente avezado para ver algo así, también lo es para ver que esto, lejos de ir contra lo que aquí estoy defendiendo, lo complementa: pues no se juzgan ideas puras, en abstracto, sino dentro de un contexto en el que su génesis, desarrollo y contraste con otras ideas tienen valor, el cual parece ser ignorado por algunos agnósticos. Este valor se relativiza según cómo de comprobable sea una idea, siendo más valioso cuanto menos comprobable sea la idea que estemos examinando[2].
[1] La ufología es el caso más claro, ya que directamente se define como el estudio de aquello cuya evidencia resulta insuficiente para estudiarlo (sí, yo tampoco lo entiendo).
[2] Así, por ejemplo, es quizás muy dudoso el camino que ha seguido desde su nacimiento la idea de que las piedras, en condiciones normales, no caen hacia el suelo sino hacia el cielo; sin embargo, es tan sencilla su comprobación que el interesado ni siquiera debe ir con sus cuitas a molestar a los demás.
Who wants to live forever?
El mero dejar de existir no es un mal para nadie. La idea que resulta aterradora es la que se forja la imaginación al fabricar esta fantasía: la de imaginarnos como seres vivos, sintiéndonos al mismo tiempo muertos. Lo odioso de la muerte no es la muerte misma, sino el acto de morir y sus lúgubres circunstancias, cosas todas ellas por las que también debe pasar el que cree en la inmortalidad. [...] la bendición del Cielo que el budismo propone como recompensa y que puede ser conseguida mediante la perseverancia en la vida virtuosa, es la aniquilación o, por lo menos, la cesación de toda existencia consciente y separada. En esta religión, la labor de los legisladores y moralistas consistió en proveer un motivo sobrenatural que ayudase a los hombres a comportarse con rectitud; y no pudieron encontrar nada más trascendente y excelso capaz de ser presentado como máximo premio y sólo alcanzable mediante gran esfuerzo y renuncia, que lo que a nosotros se nos presenta como idea terrible: la aniquilación. [...] No sólo me parece posible, sino probable, que en una condición más elevada y feliz de la vida humana, no sea la aniquilación, sino la inmortalidad, la idea que llegue a resultar insoportable; y que la naturaleza humana, aunque le agrade el presente y no esté deseando dejarlo, encuentre consuelo, y no tristeza, en el pensamiento de que no está eternamente encadenada a una existencia consciente que dudosamente quisiera conservar para siempre.[1]
He aquí al bueno de Stuart Mill, preparándonos para el calentamiento global, el terrorismo internacional, la desaparición del plátano, el colesterol…
[1] Mill, J. S., 1995, La utilidad de la religión, Alianza, Madrid, pp. 93-95
Mascotas ofendidas
[...] el tipo de argumento utilizado en esta sección ha sido criticado como degradador de las criaturas no humanas, en cuanto son comparadas con seres humanos anormales o retrasados [...]
Attfield, R., 1987, “El ámbito de la moralidad” en Gómez-Heras, J., Ética del medio ambiente, Tecnos, Madrid, p. 81
Antropofagia bélica
Los ejércitos que avanzaban bajo el pretexto de extender una «civilización» superior encontraban menos resistencia que los que lo hacían bajo el estandarte del «hemos venido a matarte y a comerte».[1]
[1] Harris, M., 1985, Bueno para comer, Alianza, Madrid, p. 276











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