Oxímoron

«Pensemos en cuántas religiones intentan justificarse con la profecía. Pensemos en cuánta gente confía en esas profecías, por vagas que sean, por irrealizables que sean, para fundamentar o apuntalar sus creencias. Pero, ¿ha habido alguna religión con la precisión profética y la exactitud de la ciencia? No hay ninguna religión en el planeta que no ansíe una capacidad comparable —precisa y repetidamente demostrada ante escépticos redomados— para presagiar acontecimientos futuros. No hay otra institución humana que se acerque tanto.
¿Es todo eso adoración ante el altar de la ciencia? ¿Es reemplazar una fe por otra, igualmente arbitraria? Desde mi punto de vista, en absoluto. El éxito de la ciencia, directamente observado, es la razón por la que defiendo su uso.»[1]

[1] Sagan, C., El mundo y sus demonios: la ciencia como una luz en la oscuridad, 1997, Planeta, Barcelona, p. 49

La teoría de la evolución de Empédocles

Empédocles sostenía una curiosa teoría sobre la evolución orgánica que ilustra cómo los pitagóricos tendían a pensar en términos de unidades, por más que dichas unidades no tuviesen necesariamente significado numérico. Suponía que en un principio había diversas partes unidad de animales y hombres, ojos, piernas, brazos, cabezas, etc., errando cada uno por su lado. Merced a la atracción o Amor, formáronse combinaciones aleatorias de las partes unidad, produciendo todo tipo de criaturas monstruosas no menos que las formas actuales. Algunas de ellas poseían muchas piernas, otras tenían el cuerpo de un buey y la cabeza de un hombre, si bien éstas no resultaban viables, quedando tan sólo las criaturas con los atributos necesarios para la supervivencia.
«Muchas especies de criaturas vivas tienen que haber sido incapaces de propagar su linaje, ya que en cada una de las especies hoy día existentes o la industria o el valor o la velocidad ha protegido desde el principio su existencia, conservándola.»[1]

Siempre estoy citando y nunca escribo nada original pero es que, las más de las veces, no tengo nada que decir y, cuando lo tengo, es porque se lo he leído a alguien. Lo mejor de ser un parásito es que los parásitos no tienen conciencia, así que no hay nada para reconcomer en mi pulcra, inane y probablemente inexistente anatomía moral. (No lo digo yo, está cinetíficamente demostrado).

[1] Mason, S. M., Historia de las ciencias: 1. La ciencia antigua, la ciencia en Oriente y en la Europa medieval, 1984, Alianza, Madrid, p. 35

Ex libris

Feliz y gozoso paseaba esta soleada mañana invernal, esquivando las zonas aún nevadas y a los niños que, felices y gozosos como yo, jugaban en ellas, mientras reflexionaba, con felicidad, gozo y extremada cautela, sobre el cartel que, no muy atrás, anunciaba a grandes letras azul cían un descuento del veinticinco por ciento en “hidroterapia del colon”. Fue casualidad que mi mirada, absorta en profundas y sublimes reflexiones anales, se fijase en el tímido y enjuto edificio de El Corte Inglés que se elevaba sin especial elegancia a mi izquierda. “¡Oh! —pensé— ¿es casualidad o quizá intencionada malicia que semejante construcción emerja frente a mí en este preciso momento que mi pensamiento se haya enfrascado en soberbias disquisiciones sobre el recto?”; y sin más melindres me adentré en su interior. A decir verdad fue mi objetivo desde el principio, pero no creí adecuado comenzar de forma demasiado abrupta esta entrada.
Tras una breve visita a la sección de cine, donde que me maravillé en dos ocasiones con la nueva edición de Reservoir Dogs y la edición especial de Los cronocrímenes y, dos veces también, el angst atenazó con fuerza mi maltrecho corazón al comprobar mi precaria economía, dirigí mis pasos a la sección de revistas, adquirí la Mente y cerebro y la Scifiworld (escifiguorld para los quiosqueros de Valladolid) y me reí de una colección de rosarios “para conservar y utilizar en los momentos de oración y meditación”.
Y con la sonrisa inocente, pura y noble de un niño dibujada en mi rostro pasé a la sección de libros, sin muchas esperanzas de encontrar nada que llevarme a los ojos pero con el convencimiento de pasar un buen rato. En “ciencias esotéricas” encontré mucha valiosa inesperada información bibliográfica sobre ángeles, tema del que, ignorante de mí, reconozco no saber lo suficiente. A destacar ‘Cómo contactar con tus guías espirituales: relaciónese con sus compañeros y mentores para su viaje interior’, ‘Veinte casos que hacen pensar en la reencarnación’ y ‘Aprende mientras duermes’, que incluye calendarios hasta el 2020 de universidades del espíritu. Enfrente, “divulgación científica”, que siempre tiene su miga, atesoraba ‘Atlántida: secretos de una civilización perdida’, ‘Enc@rgos (sic) al universo’, que quiero pensar que es un manual de autoayuda, y, la estrella de la función, tanto que estuve a punto de comprarlo, ‘Hombre, una especie NO protegida: respuesta de los expertos a la Ley de investigación biomédica’, cuya contraportada reproduzco a continuación para refutar a quienes acusan a este libro de tendencioso con comentarios insidiosos sobre su objetividad.

«Siete acreditados especialistas opinan fundadamente, desde distintos enfoques disciplinarios, acerca de la investigación con células madre embrionarias.
La creación de embriones in vitro, su posterior congelación y destrucción con fines pretendidamente “terapéuticos”, constituye uno de los principales problemas a los que se enfrenta la Bioética.
En un debate de actualidad tan vigente, a la par que tan intoxicado por los mass media, se precisa la valoración serena y académica de los expertos. Rigor científico que encontrará el lector, neófito o iniciado, en estas páginas».

Pero lo mejor está entre sus páginas: «Aspectos psiquiátricos en torno a los embriones congelados (?) y la investigación con sus células troncales: conversación con el Dr. Aquilino Polaino-Lorente» (interrogación y negritas mías). No sé al resto pero lo que es a mí ese nombre no se me ha olvidado.
Por si alguien quiere entretenerse buscando la disparidad de opiniones sobre el tema de la investigación con células madre (yo ya he buscado a tres de los que se mencionan) que contiene este libro, pongo la foto que le saqué con el móvil al índice. Aunque me parecería muy raro que se encontrasen opiniones como esta.

Hombre, una especie NO protegida; índice

La falsa ecuanimidad del agnosticismo

Ayer, casualidades de la vida, varias bitácoras que leo con diaria periodicidad han coincidido en alentar a los ateos a afirmarse como tales en su vida social, lo que se suele conocer como ’salir del armario’, puede que no tanto por aversión a la primera expresión como por brevedad. Primero fue Rinzewind y luego el Camarada Bakunin, donde se ha desarrollado algo más extensamente el debate (digo yo, por la cantidad de comentarios que hay, que no los he leído).
Como suele pasar cuando se comentan este tipo de cosas, algunas personas se han descrito a sí mismas como ‘agnósticas’, condición más aparentemente justa que que la de ateo, dado que, mientras el segundo niega la existencia de uno-o-una-o-varios-o-varias-dioses-o-diosas, el primero declara su ignorancia al respecto.
Pero esto es algo que muchos estamos acostumbrados a oír en boca de algunos que falsamente se definen como ‘escépticos’ (‘pseudoescépticos’), quienes equiparan las elucubraciones peregrinas y sin sentido de su pseudociencia preferida (ya sea la parapsicología, la ufología[1] o las cucharitas de Uri Geller) con el conocimiento basado en la evidencia empírica. En estos casos se dice que no se puede demostrar un negativo, para salvar de la negación esas bonitas creencias irracionales, a lo que solemos argumentar que la carga de la prueba cae sobre quien afirma la veracidad de esas tonterías y, por lo tanto, su perentorio estudio científico.
Pero esto no es suficiente para aquéllos, para quienes la sola posibilidad de la existencia de su tonta conjetura es suficiente justificación de un estudio científico y profundo y objetivo y a poder ser remunerado. Y es entonces cuando aparecen los unicornios rosas, las teteras de Russell, las Barbies lunares y ejemplos similares que vienen todos a decir algo tal que: no es lo mismo la afirmación de una conjetura salvaje y arbitraria que su negación, consciente además de que muy probablemente ni siquiera podrá ser corroborada (o lo será pero con mucha dificultad) por medio alguno.
En el caso de la religión, al menos de la católica, que es la más conocida por aquí, la idea que se transmite de Dios, además de cínica e irreal (intentando justificar la suprema bondad de tal ser en un mundo más bien poco bondadoso), no guarda coherencia lógica (es contradictoria en sí misma), es completamente infalsable (bueno, dicen que la iluminación viene post mortem…) y otras cosas que no me apetece enumerar ahora, que es tarde y tengo sueño.
Como sea, afirmación y negación no guardan simetría, y es normal, por tanto, que para algunos la postura de aquellos agnósticos que defienden la igual posibilidad de ambas nos parezca inicua. Yendo más allá, incluso un agnosticismo más moderado o tendiente al ateísmo puede aparecérsenos como injusto (desde luego, es de esperar que un ateo considere su opción como máximamente racional y, por lo tanto, el resto de opciones como irracionales en diverso grado). Pero esto último lo dejaré de lado por el momento.
Todo eso se va a entender mucho mejor con una pequeña ficción. Imaginemos que yo, aquí, digo que existe un ser de unas determinadas cualidades, que por comodidad para el desarrollo del relato llamaré ‘Omamba’. Otra persona, que confía mucho en mí y se cree todo lo que yo digo, comienza a defender la idea de la existencia de Omamba, pero pronto se topa con toda clase de argumentos que ponen en duda tal cosa. En lugar de resignarse vira sobre sí mismo 360º, cual político, y ataca a los críticos de Omamba afirmando que la negación de éste no es más que un prejuicio que no pueden probar y que, como mínimo, han de mantenerse en estricta duda sobre el tema. Todo esto es acompañado por la sutil vivencia de varios creyentes en Omamba, quienes dicen que Omamba les guía y les da fuerza para sobrellevar sus penas diarias, y que aquellos que niegan o dudan de su existencia lo hacen por no haber vivido una experiencia como la suya (con el intuitivo conocimiento de la existencia de Omamba que eso supone) o que, aun viviéndola, la niegan y atribuyen a otras causas. A su vez, estos testimonios de creyentes expanden la comunidad de fieles de Omamba.
En esto, yo, presionado por ciertos comentarios en el post en el cual dí a conocer al ser, pero sobre todo por el régimen vegano y de abstinencia sexual a la que pretenden someterme por la fuerza ciertos seguidores como profeta de Omamba que soy, declaro que todo es una invención, parte de un comentario crítico con el agnosticismo y en el que pretendía mostrar la falta de equilibrio entre las ideas teístas y las ateístas. Muchos creyentes se resignan y comienzan a rendir culto al pastafarismo y al único y verdadero Dios, el FSM; otros se niegan a admitir mi confesión y simplemente la ignoran; y otros dicen que me he corrompido, me golpean 101 veces los testículos y luego me lapidan, tal como manda la Ley Divina de Omamba en estos casos.
Ahora los críticos tienen una nueva baza contra Omamba: su iniciador ha confesado el fraude. Pero como hemos visto, algunos creyentes directamente niegan tal confesión atribuyéndola a otros factores, como mi corrupción. A esto Popper lo llama ’sesgo convencionalista’, y consiste en introducir explicaciones auxiliares para salvar una teoría de los inconvenientes que se le presentan.
En esta ficción yo soy alguien especialmente atractivo y, con motivo de mi prematuro y salvaje deceso, mi foto circula por varios telediarios. Tal es su éxito que un club de fans de Alejandro Sanz decide convertirse, por unanimidad, en un club de fans de Psicopanadero y velar tanto mi valor estético como mi integridad moral. Para ello, la presidenta del Club de fans de Psicopanadero, a la que llamaremos fan histérica #1, escribe un artículo en su blog ensalzando mis virtudes y criticando el culto a Omamba, que por estas fechas se ha escindido en varias ramas, con argumentos similares a los expuestos arriba. A no muy tardar llegan a su artículo un grupo de fervientes seguidores de Omamba, de entre los que destaca una a la que llamaremos fan histérica #2, que es quien con mayor elocuencia argumenta a favor de su creencia y en contra del inmoral falso profeta Psicopanadero. Por error, creyendo que aquello es todavía un club de fans de Alejandro Sanz, llega una tal fan histérica #3, a quien todo esto ni le va ni le viene, y se declara agnóstica sobre Omamba, añadiendo además que, dado que no hay posibilidad lógica de despejar la duda sobre su existencia (diferentes creyentes se han encargado de empujar la idea de Omamba hacia la infalsabilidad), la posición de fan histérica #1 y la de fan histérica #2 son igualmente dogmáticas.
¿Os parece justa la posición de fan histérica #3?
Quizás alguien se me pueda quejar de que este relato “tiene trampa”: en él asistimos tanto a la creación como al desarrollo nada alagüeño del mito de Omamba, algo que en las religiones, al menos las más seguidas, parece permanecer en un oscuro limbo de desconocimiento. Pero si alguien es lo suficientemente avezado para ver algo así, también lo es para ver que esto, lejos de ir contra lo que aquí estoy defendiendo, lo complementa: pues no se juzgan ideas puras, en abstracto, sino dentro de un contexto en el que su génesis, desarrollo y contraste con otras ideas tienen valor, el cual parece ser ignorado por algunos agnósticos. Este valor se relativiza según cómo de comprobable sea una idea, siendo más valioso cuanto menos comprobable sea la idea que estemos examinando[2].

[1] La ufología es el caso más claro, ya que directamente se define como el estudio de aquello cuya evidencia resulta insuficiente para estudiarlo (sí, yo tampoco lo entiendo).
[2] Así, por ejemplo, es quizás muy dudoso el camino que ha seguido desde su nacimiento la idea de que las piedras, en condiciones normales, no caen hacia el suelo sino hacia el cielo; sin embargo, es tan sencilla su comprobación que el interesado ni siquiera debe ir con sus cuitas a molestar a los demás.

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