Scott Pilgrim feat. Bomberman
Recorte del tercer tomo de
Olimpita
‘Croslovifílico’ es difícil de deletrear
Leyendo la versión en castellano del tercer volumen de
Como gente de bien que soy envié la siguiente consulta a la RAE:
Recientemente he leído en una traducción de un texto inglés la palabra ’sofomórico’, que no está recogida en el DRAE ni en ningún otro diccionario que haya podido consultar. El término original en inglés, ’sophomoric’, al parecer es un cultismo para referirse a la inmadurez intelectual y también a quienes se encuentran a mitad de su carrera universitaria.
Desde entonces lo he visto, aunque tímidamente, en alguna otra ocasión. Querría saber si el uso en castellano de este término es correcto.
Que fue respondida con cierta celeridad del siguiente modo:
En relación con su consulta, le remitimos la siguiente información:
Aunque, en efecto, resultaría la adaptación española más lógica, sin embargo la equivalencia de la voz inglesa no está consolidada ni difundida en nuestra lengua, apenas se documenta más que excepcionalmente –unos 60 usos en Google, por ejemplo–, ni figura en nuestros bancos de datos ni en diccionario alguno a nuestro alcance, por lo que este servicio no puede recomendar el uso de una forma que no sería sino un mero calco, una mera traslación sin apenas uso en nuestra lengua.
Reciba un cordial saludo.
Y ahora me surge la duda: si vas a utilizar un término que no sólo no aparece en ningún diccionario castellano sino que además tiene un uso extraordinariamente marginal y cuyo significado es imposible deducir por el contexto, ¿no convendría una nota aclaratoria a pie de página?
¡Pues lo copio aquí también!
He escrito unas breves reseñas literarias sobre tres excelentes, cada uno a su manera, libros en aNobii. Y como soy un vago me he dicho inmediatamente: pues las junto y ya tengo una entrada para el bleug y así digo que lo actualizo con cierta frecuencia y me siento un ser elevado moralmente, mejor persona, elemento cívico que vertebra la sociedad, ejemplo de virtud y honradez intelectuales. O algo así. No lo llaméis jeta, llamadlo reciclaje.
La colección de relatos que recoge este libro no es apta para cutis delicados ni para mentes bienpensantes. En ella se nos describe la anatómicamente imposible relación incestuosa de dos siameses, la lucha de una mujer triunfadora y perfecta contra una hez apremiante o el encuentro entre una conocida y decadente estrella pop y su agresor sexual. Por si fuera poco, uno de estos relatos, una sátira sobre la decrepitud moral de los violadores pero también una crítica a la propia consideración social de la violación (en comparación con otros delitos e iniquidades), fue el detonante de una discusión parlamentaria de relativo interés antropológico. ¿Qué más se le puede pedir?
El libro está dividido en tres capítulos, el primero de los cuales es realmente excelente y merece la pena por sí mismo; por desgracia, los otros dos son unos despropósitos gafapastosos y hediondos que sólo merecen ser arrancados y destruidos en el fuego purificador. Es una pena porque rebajan la calidad de una obra con un maravilloso comienzo.
Lectura que marcó definitivamente mi vida. Un viejo le ofrece piruletas verdes alucinógenas a los niños, quienes “viven” extraordinarias aventuras en mundos de fantasía; literatura infantil hardcore de la buena. Lo leí con nueve años y ha seguido siendo para mí una referencia recurrente desde la adolescencia hasta la ahora inquietante y gemebunda vejez de mis veinticuatro años.
También es posible que el tiempo transcurrido y mis muy frecuentes menciones hayan ofuscado mi criterio y sublime erróneamente el libro. De todos modos, es lectura recomendada en la escuela; algo tiene que tener, sea-o-no correcta mi interpretación narcotizante del argumento.













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