Las últimas palabras de Lex Luthor

Las últimas palabras de Lex Luthor

Extracto del cómic All Star Superman.

La prostitución en Boston

Al hacerme cómplice de sus débilidades le hacía débil y me puse a su disposición, es decir, le puse a mi disposición, abriéndole el panorama de ofertas de sexo clandestino al más alto standing, más allá de sus horizontes de tendero dependiente de los anuncios de Contactos de la prensa de Boston. Embarazado, pero excitado, me siguió un mes después a una casa de relax de superlujo abastecida de putas con tres o cuatro cursos de Escuela Superior de Administración de Empresas, alguna ex miss Europa en topless y dos de ellas tenían un autógrafo del Papa, puesto que habían peregrinado a Roma para ver la arquitectura y la escultura civil del Renacimiento y de paso se habían ido a echarle una mirada al polaco, que estaba muy bueno, decían, dentro de lo que cabe por su condición papal y de padre espiritual de todos nosotros, incluso de nosotras ¿eh? También habían viajado a Moscú para asesorar a las nuevas putas postsoviéticas de calidad, al alcance de los nuevos millonarios, y se hacían cruces de lo desorientadas que estaban aquellas muchachas, víctimas de la cultura prohibicionista del stalinismo que las había obligado a un insuficiente aprendizaje clandestino. Pasarán años hasta que las putas de los países del llamado socialismo real se pongan a la altura de las putas formadas bajo el capitalismo, la democracia, el mercado libre. O así lo creía la puta más dotada verbalmente de todo Boston y su zona de influencia.[1]

[1] Vázquez Montalbán, M., El estrangulador, 2006, DeBolsillo, Barcelona, pp. 142-143

La violación en Boston

A mi vecina, la de las piernas de pan dormido, la violé disfrazado de violador psicópata, es decir, con un pendiente en una oreja, pegando puñetazos que no venían a cuento y gritando sin contención ni coherencia lógica: ¡Puta! ¡Mama! ¡Puta! ¡Mama! ¡Puta! ¡Mama! ¡Puta! ¡Mama! ¡Puta! ¡Mama! A pesar de lo que sale en la siniestra película de Fleischer, mis crímenes nunca han sido especialmente violentos, pero en el caso de la violación si no hay brutalidad se pierde el sentido mismo de la transgresión y luego lo paga la violada, porque la sociedad morbosa no se la cree. Fue muy desagradable, sobre todo para mí que tuve que contemplar los efectos de mi agresión. Ella se volvió frígida y sordomuda, como si asumiera un doble complejo de culpa, y se convirtió en una desdichada esquizofrénica, una rosa de Alejandría, colorada de noche, blanca de día, tediosa ama de casa siempre malhumorada que escondía en su interior a otra mujer lasciva dispuesta a acostarse con todo hombre de hechuras violadoras, como la protagonista femenina de La madona de las siete lunas, una de las películas que más me impresionó en plena pubertad. La mató un amante cobaya porque entró en sospechas de que su frigidez era fingida o culturalmente castradora, una frigidez de feminista radical.[1]

[1] Vázquez Montalbán, M., El estrangulador, 2006, DeBolsillo, Barcelona, p. 132

La infidelidad en Boston

¡Qué concepto tan cerrado, tan determinante! Es preciso reabrirlo y asumir que en aquellos años anteriores al SIDA y al Papa polaco, lenguajes institucionales como «legítima esposa» o «legítimo esposo» poco tenían que ver con una realidad sexual y libérrima que nos afectaba especialmente a los fontaneros, electricistas, estranguladores ilustrados, aunque llevaran las de ganar los graduados en escuelas superiores y aun en universidades, sobre todo si en su currículum, junto a una buena graduación en una universidad de la Liga de Hiedra, figuraba un máster en marxismo-leninismo en Tirana (Albania). Jamás se producirán adulterios tan historiados y a la vez sofisticados como aquellos, interpretados por los técnicos contraculturales más reputados de Boston. Era la primera hornada de técnicos dotados del hálito romántico de la revolución robado a los políticos y a los poetas para concedérselo incluso a los sociólogos y a los peritos industriales, en nombre de una nueva revolución científico-técnica. No recuerdo muy bien cómo conocí a mi esposa [...]. Por lo demás, fue una casada discreta hasta que la difusión de la píldora y el acceso indiscriminado de las bostonianas al carnet de conducir, conformó el fantasma de la disolución de las condiciones subjetivas y objetivas de la fidelidad. Induje a mi legítima esposa a que se colocara a la defensiva ante la ola de obscenidad que nos invadía y le avisé de que los científico-técnicos, incluso los más revolucionarios, lo hacían todo para ratificar la necesidad de la revolución científico-técnica, y sus adulterios sólo eran muescas compulsivas para demostrar el hundimiento de la moral estrictamente productiva y reproductiva que había propiciado la interacción dialéctica entre el capitalismo y el comunismo premoderno. Traté de explicárselo en más de una ocasión, incluso le pasé una bibliografía bastante completa, y aunque consideró bastante abstractos mis razonamientos, creo que, en líneas generales, muy generales, me hizo caso, y si cometió adulterio lo hizo en proporciones cuantitativas aceptables pero cualitativamente lamentables. Aunque en cierta ocasión, tras una discusión sobre el itinerario más adecuado para llegar a un cine, conducía ella, me confesó que si alguna vez se sentía tentada al adulterio, la única motivación de sus infidelidades sería que se las pidiera el cuerpo y la posibilidad de encontrar amantes que no fueran hijos únicos de padres tan horrorosos como los míos y que hubieran arreglado averías en las mejores mansiones de Boston. «Lo tomas o lo dejas.» Lo tomé como hipótesis de partida, porque se hacía tarde para llegar al cine y desde la seguridad que me daba mi complejo de excelencia de estrangulador que se había hecho a sí mismo. [...] En el fondo eran fontaneros y electricistas de Escuela Técnica, de salón, carne de sociólogo que a la larga prestaron a la sociología postmoderna el argumento de la inexistencia de la clase obrera, de la necesidad del trabajo manual, de la división misma del trabajo. Al ser la sociología una pseudociencia frívola, es lógico que se aplique como miel sobre hojuelas a los más frívolos entre los científicos-técnicos, pero aún es peor la camada de sociólogos actual, postmoderna, que sólo sirve para prometer futuros imperfectos y cantar conquistas humanas menores, como la olla a presión, el lavaplatos y el preservativo, que han asumido como una coartada de su impotente plena madurez, cuando en su juventud fueron lascivos científicos sociales incontinentes, dispuestos a dar alas a los electricistas y fontaneros más concupiscentes de Boston. No quiero ser más explícito, para no poner en aviso sobre mis futuros estrangulamientos, pero he de hacer constar que mi odio a estos farsantes, vengan a donde vengan y vayan a donde vayan, se debe a la comprobación de que son los únicos supuestos científicos que no saben que no saben casi nada. Es un odio nutrido de saber y no de rencor [...][1].

[1] Vázquez Montalbán, M., El estrangulador, 2006, DeBolsillo, Barcelona, pp. 66-68

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