Horrores cósmicos

Me atormenta la posibilidad de haber sido el resultado de una noche de sexo especialmente grotesco o multitudinario.

La dama o el tigre

A muchos de vosotros os resulta conocida la historia de Frank Stockton, ¿La dama o el tigre?, en la cual un prisionero debe elegir entre dos habitaciones, en una de las cuales hay una dama y en la otra un tigre. Si elige la primera se casa con la dama; si elige la segunda (probablemente) es comido por el tigre.
El rey de cierta tierra también había leído la historia, y le dio una idea.
— ¡Es la manera perfecta de tratar a mis prisioneros! —dijo un día a su ministro—. Lo único es que no se lo dejaré a la suerte; pondré letreros en las puertas de las habitaciones, y en cada caso le daré al prisionero ciertos datos acerca de los letreros. Si es inteligente y puede razonar lógicamente, salvará su vida… ¡y encima se llevará una hermosa novia!
— ¡Es una idea excelente!—dijo el ministro.[1]

— A partir de ahora yo también trataré así a mis prisioneros —confió un día el rey Psicopanadero a su ministro, un malvado filósofo lógico (valga la redundancia)—. Pero eliminaré toda perversa influencia de esa zorra cruel y vengativa que es la suerte; mantendré, como en el relato, letreros en las habitaciones los cuales, con lógica, indicarán dónde deberían estar dama y tigre para poder así evitar lo uno y arrojarse con lascivia sobre lo otro. Sin embargo, como suele pasar que la resolución de esta clase de acertijos lógicos está condicionada al ánimo peculiar de cada prisionero, su capacidad para enfrentarse con serenidad a situaciones peligrosas y al particular canto de su musa, eludiré el mensaje que transmitan los letreros y colocaré sistemáticamente tigres en todas las habitaciones. Ja, jaja, jajaja, ¡JAJAJAJAJAJA!
— ¡Es una idea excelente! —dijo el ministro.

[1] Smullyan, R., 2006, ¿La dama o el tigre?, Catedra, Madrid, p. 27

Democracia agresiva

Un buen día estás viendo la tele, exprimiendo naranjas, haciendo calceta o colocando los torsos humanos del armario, y te sorprende una llamada o visita inesperadas (porque, si fuesen esperadas, lo normal sería que no te sorprendiesen). Quizás sea una aseguradora, quien te ofrezca, de gratis, un estudio comparativo de las diferentes ofertas del sector (”no me lo digan: ganan los de la compañía rival”); quizás se trate de la compañía telefónica con la que tienes contratado la línea de teléfono y el ADSL quien contacte amablemente contigo para ofrecerte un contrato de ADSL y línea de teléfono; o también pudieran ser los de esa secta que van por las casas repartiendo folletines dándose lustre, ya sabéis, los del Círculo de Lectores.
Que no es por ellos, ¿eh? Si a ellos ésto ni les va ni les viene. Que es por ti, por ahorrarte dinero, hombre. Es como esos anuncios de Ariel que dicen: “Si todos usásemos Ariel en nuestra lavadora -es en este momento cuando al presidente de la compañía se le tornan los ojos en blanco y tiene un orgasmo- ahorraríamos mil millones de litros de agua al mes”. No están vendiendo un producto; no quieren ganar dinero; sus intereses son puros; Habanos, seguramente.

Llamadme loco si queréis (ja… ja, ja… JA, JA, JA, JA, JA), pero creo que este tipo de negocio, este marketing agresivo, sería extrapolable a ese otro negocio que se conoce coloquialmente como “modernas democracias occidentales” (lo de ‘occidentales’ es un término que se le pone a casi todo, algo así como la denominación de origen; vinos de La Rioja, jamones ibéricos y formas de gobierno occidentales).
Imaginaos. Se podrían establecer modelos mercadotécnicos como, por ejemplo, la Educación para las políticas de urbanismo responsable, donde se sugiriese a determinados políticos el cese de las obras incontroladas y continuadas y molestas y estúpidas por innecesarias, plantando allí mismo, delante de la casa de los susodichos, una obra. Que les levantasen las aceras, la calzada, lo tuviesen todo hecho una porquería, con arena por todos lados y un martillo neumático trabajando ininterrumpidamente de ocho de la mañana a diez de la noche. Además, crearía un “efecto paria” similar al que acontece en las comunidades de vecinos que quieren instalar el cable comunitario y se encuentran en contra al listo que tiene televisión por satélite. Los vecinos del politiquete que se quería hacer el gracioso irritando gónadas ajenas sin sufrir perjuicio en las propias, le hostigarían hasta modificar sus criterios de edificación y remodelación urbana hacia términos más justos.
Se obligaría a los políticos a firmar “contratos de gobierno” abusivos y llenos de restricciones y cláusulas absurdas. Si un político plantea políticas estúpidas o interesadas, se le podría hacer azotar en la plaza mayor del pueblo o la ciudad de turno por un sufrido y concienciado ciudadano vestido de bufón (ésto es algo puramente simbólico). O si se coge a un político corrupto, se le podría llevar a un isla habitada exclusivamente por bebés carnívoros gigantes.

No sé… son sólo ideas… sueños… ah… sólo sueños…

Creatividad electromagnética

Tengo un amigo que es un cachondo. Hubo una época en la que cada vez que me comentaba o exponía cualquier idea que se le había ocurrido, comenzaba con la frase: “estaba el otro día jiñando…”. Ya se sabe: donde hay confianza, da asco.
La semana pasada, se me ocurrió en la ducha algo que me pareció tan divertido que casi me desnuco contra uno de los bordes de la bañera. Justo en ese momento se me pasó por la cabeza que quizás nada de eso fuese casual. Que quizás, por alguna razón, el baño está diseñado de tal forma que nuestra creatividad se ve incrementada en él.
Pensé en algún método de validar mis sospechas, de encontrar las causas que podrían hallarse detrás de este extraordinario hecho. Habiendo descartado que se tratase de algún acontecimiento asociado al uso que normalmente se hace del baño, como que tenemos más tiempo para pensar sin ninguna distracción evidente, por ejemplo, calculé a ojo el tiempo y esfuerzo que tendría que invertir en desentrañar tan fascinante misterio. Seguidamente levanté levemente mi camiseta, me rasqué la barriga y caminé hasta el sofá, donde me tumbé y encendí el televisor.
Casualidades de la vida, estaban pasando por el canal Odisea (me parece) un documental sobre casas encantadas. En el mismo, un psicólogo ponía a prueba, en un entorno apto para las apariciones fantasmales, a varios crédulos, quienes reportaban haber vivido, en el transcurso de la prueba, experiencias extrañas como sentirse observados o escuchar ruidos raros. Las experiencias eran reportadas siempre sobre la misma habitación. El psicólogo arguyó que el aspecto fantasmagórico de ésta junto con la predisposición a creer y un campo electromagnético adecuado habían sido, probablemente, la causa de esas vivencias peculiares que comentaron los sujetos puestos a prueba.
En ese preciso momento levanté bruscamente la cabeza, mareándome levemente, y, con los ojos tan abiertos que parecía que se me iban a salir de las cuencas, relacioné ambos casos. Ya existía la creencia de que la creatividad se disparaba en el baño; es evidente que el baño, con su sosiego y su aspecto impoluto, es un entorno adecuado para desarrollar cualquier tarea intelectual; pero, ¿y el campo electromagnético? ¡Hombre, es que eso se da por hecho! Si es raro, diferente al del resto de las habitaciones, no hay más que argumentar. Si es exactamente el mismo, es justo el adecuado para el desarrollo intelectual y… no hay más que argumentar. Sea como sea, gano.
Levanté los brazos por encima de mi cabeza y me ovacioné. Si lleva la palabra ‘electromagnético’, sólo queda recostarse y esperar. Quizás me soliciten pruebas, pero yo tengo, indudablemente, la razón; tengo una hipótesis que suena coherente.
Ah… el contexto del descubrimiento; cuánta manga da y qué divertido es.

El santuario del señor Roca