¿A quién daña la piratería?

Me disponía, alegremente, como tal suele ser mi disposición de ordinario, feliz como una piruleta, despreocupado como un perrito en un hogar amoroso y animoso como empresario inescrupuloso ante una crisis económica, a enviar una experiencia personal y real, realmente ficticia, a la nueva página creada por el Ministerio de Cultura para fomentar el capitalismo, la insolidaridad, el aislamiento cultural y el beneficio de los pocos frente a los muchos, y que siento en parte como mía ya que, al fin y al cabo, una cuarentamillonésimoava parte de lo que ha costado lo he pagado yo; dado que me ofrecen esa posibilidad, tan sólo aportando mi nombre, apellidos y DNI completo en una página no segura, no veo conveniente desaprovecharla.
Pero, ¡oh, desgracia!, tan sólo aceptan microrrelatos en formato 4xTwitter (550 caracteres), y el mío excedía por un poquito (algo más del doble, pero muy poquito, de hecho) dicho formato. Así que algo ominoso en mi cabeza dijo: “¡Hey! Hace meses que no publicas nada en ese bleug tuyo. ¿No crees que sería buena cosa desempolvar el teclado, dejar el porno y hacer algo poco provechoso y que redunde en exclusiva en tu maltrecho y siempre necesitado ego? ¡Publícalo ahí!”. Y aquí estoy, obedeciéndolo so pena de algún mal mayor.

«En 1997, con mucho esfuerzo e ilusión, se abrió un pequeño videoclub de barrio, lleno tanto del cine más convencional como de la fanfarria de todo a cien y venta al peso de serie B. Su éxito no tardó en flocerer y el gerente, contento con los beneficios y exultante con la parvada de cinéfilos, entre los que me contaba, que le parasitaban, alquilaban su cine más underground y comentaban sus impresiones y últimas novedades del cine antítesis de la corriente principal, ampliaba con nuevos títulos cada poco tiempo.
Un par de años después, un videoclub de la cadena Blockbuster abrió en las inmediaciones de aquel pequeño negocio, que se vio imposibilitado para competir con la cantidad de copias del último cine mainstream y los precios, ofertas y servicios que proporcionaba su nuevo vecino. El gerente no tardó en bajar la persiana para siempre y, derrotado y deprimido, inició un viaje que le llevaría a aislarse en un desolado paraje de una montaña elevada en algún lugar perdido de Asia; meses de ascetismo de los que volvió inexplicablemente enfermo de sífilis.
Después, con el auge de Internet y el intercambio P2P, la gente podía ver aquellas películas de cartelera que ofertaba Blockbuster y darse cuenta de que eran malas de solemnidad antes de gastarse dinero en ellas, con lo que este gigante también calló miserablemente.
¡Todo por culpa del P2P!»

Horrores cósmicos

Me atormenta la posibilidad de haber sido el resultado de una noche de sexo especialmente grotesco o multitudinario.

La dama o el tigre

A muchos de vosotros os resulta conocida la historia de Frank Stockton, ¿La dama o el tigre?, en la cual un prisionero debe elegir entre dos habitaciones, en una de las cuales hay una dama y en la otra un tigre. Si elige la primera se casa con la dama; si elige la segunda (probablemente) es comido por el tigre.
El rey de cierta tierra también había leído la historia, y le dio una idea.
— ¡Es la manera perfecta de tratar a mis prisioneros! —dijo un día a su ministro—. Lo único es que no se lo dejaré a la suerte; pondré letreros en las puertas de las habitaciones, y en cada caso le daré al prisionero ciertos datos acerca de los letreros. Si es inteligente y puede razonar lógicamente, salvará su vida… ¡y encima se llevará una hermosa novia!
— ¡Es una idea excelente!—dijo el ministro.[1]

— A partir de ahora yo también trataré así a mis prisioneros —confió un día el rey Psicopanadero a su ministro, un malvado filósofo lógico (valga la redundancia)—. Pero eliminaré toda perversa influencia de esa zorra cruel y vengativa que es la suerte; mantendré, como en el relato, letreros en las habitaciones los cuales, con lógica, indicarán dónde deberían estar dama y tigre para poder así evitar lo uno y arrojarse con lascivia sobre lo otro. Sin embargo, como suele pasar que la resolución de esta clase de acertijos lógicos está condicionada al ánimo peculiar de cada prisionero, su capacidad para enfrentarse con serenidad a situaciones peligrosas y al particular canto de su musa, eludiré el mensaje que transmitan los letreros y colocaré sistemáticamente tigres en todas las habitaciones. Ja, jaja, jajaja, ¡JAJAJAJAJAJA!
— ¡Es una idea excelente! —dijo el ministro.

[1] Smullyan, R., 2006, ¿La dama o el tigre?, Catedra, Madrid, p. 27

Democracia agresiva

Un buen día estás viendo la tele, exprimiendo naranjas, haciendo calceta o colocando los torsos humanos del armario, y te sorprende una llamada o visita inesperadas (porque, si fuesen esperadas, lo normal sería que no te sorprendiesen). Quizás sea una aseguradora, quien te ofrezca, de gratis, un estudio comparativo de las diferentes ofertas del sector (“no me lo digan: ganan los de la compañía rival”); quizás se trate de la compañía telefónica con la que tienes contratado la línea de teléfono y el ADSL quien contacte amablemente contigo para ofrecerte un contrato de ADSL y línea de teléfono; o también pudieran ser los de esa secta que van por las casas repartiendo folletines dándose lustre, ya sabéis, los del Círculo de Lectores.
Que no es por ellos, ¿eh? Si a ellos ésto ni les va ni les viene. Que es por ti, por ahorrarte dinero, hombre. Es como esos anuncios de Ariel que dicen: “Si todos usásemos Ariel en nuestra lavadora -es en este momento cuando al presidente de la compañía se le tornan los ojos en blanco y tiene un orgasmo- ahorraríamos mil millones de litros de agua al mes”. No están vendiendo un producto; no quieren ganar dinero; sus intereses son puros; Habanos, seguramente.

Llamadme loco si queréis (ja… ja, ja… JA, JA, JA, JA, JA), pero creo que este tipo de negocio, este marketing agresivo, sería extrapolable a ese otro negocio que se conoce coloquialmente como “modernas democracias occidentales” (lo de ‘occidentales’ es un término que se le pone a casi todo, algo así como la denominación de origen; vinos de La Rioja, jamones ibéricos y formas de gobierno occidentales).
Imaginaos. Se podrían establecer modelos mercadotécnicos como, por ejemplo, la Educación para las políticas de urbanismo responsable, donde se sugiriese a determinados políticos el cese de las obras incontroladas y continuadas y molestas y estúpidas por innecesarias, plantando allí mismo, delante de la casa de los susodichos, una obra. Que les levantasen las aceras, la calzada, lo tuviesen todo hecho una porquería, con arena por todos lados y un martillo neumático trabajando ininterrumpidamente de ocho de la mañana a diez de la noche. Además, crearía un “efecto paria” similar al que acontece en las comunidades de vecinos que quieren instalar el cable comunitario y se encuentran en contra al listo que tiene televisión por satélite. Los vecinos del politiquete que se quería hacer el gracioso irritando gónadas ajenas sin sufrir perjuicio en las propias, le hostigarían hasta modificar sus criterios de edificación y remodelación urbana hacia términos más justos.
Se obligaría a los políticos a firmar “contratos de gobierno” abusivos y llenos de restricciones y cláusulas absurdas. Si un político plantea políticas estúpidas o interesadas, se le podría hacer azotar en la plaza mayor del pueblo o la ciudad de turno por un sufrido y concienciado ciudadano vestido de bufón (ésto es algo puramente simbólico). O si se coge a un político corrupto, se le podría llevar a un isla habitada exclusivamente por bebés carnívoros gigantes.

No sé… son sólo ideas… sueños… ah… sólo sueños…

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