Instinto de conservación

¿Sabéis lo de las palomas que cuando ven un coche acercarse echan a volar y lo evitan? Pues a veces no.

In Memoriam

¡Bestias!

Ahora que se ha aprobado un proyecto no de ley para adherirse acríticamente a los postulados del Proyecto Gran Simio, de los que quizás convendría saber cuáles son sus implicaciones sociales antes de aceptar tan de buen gusto sólo porque suenan bien, os voy a contar una historia de primates.
En época de Rousseau, el filósofo, no el personaje de Perdidos, no se sabía mucho de chimpancés, gorilas y orangutanes; Rousseau y muchos como él sólo tenían acceso a las descripciones de los viajeros que se encontraban con estos animales fortuitamente en el transcurso de su actividad (que solía ser el comercio, la guerra o la evangelización). Los descriptores no eran naturalistas y, por lo tanto, cabía dudar de sus escritos, que además no era raro que se contradijesen con los de otros viajantes.

Los juicios precipitados y que no son fruto de una razón lúcida se exponen a caer en lo excesivo. Nuestros viajeros tienen sin más por animales, con el nombre de pongos, mandriles y orangutanes, a los mismos seres que los antiguos, con el nombre de sátiros, faunos y silvanos, tenían por divinidades. Quizá después de investigaciones más exactas se descubra que son hombres.

Rousseau dudaba tanto de la exposición de los viajeros que no descartaba la posibilidad de encontrarse con que eran hombres en estado de naturaleza lo que aquellos brutos e inexpertos comerciantes y sus nulas dotes de observación habían confundido con animales.
En ese mismo texto en el que carga tintas contra los testigos da también las características que diferencian a un humano de un animal, y hace partícipe al lector de un experimento cuyo resultado aniquilaría toda duda sobre la condición de aquellos extraños seres; y aunque lo acaba desechando por impracticable, no deja de ser interesante.

Sin embargo, habría un procedimiento mediante el cual, si el orangután u otros fueran de la especie humana, los observadores más toscos podrían asegurarse de ello, incluso con demostración; pero además de que una sola generación no bastaría para esta experiencia, debe tenérsela por impracticable, porque antes de poder intentar sin riesgos el experimento que debería certificar el hecho, sería preciso demostrar la certeza de lo que no pasa de ser una suposición.[1]

Aunque un poco críptico, lo que Rousseau propone es cruzar orangutanes, chimpancés y gorilas con humanos y asegurarse de que el resultado, de haberlo, sea capaz de reproducirse. Y hasta me parece normal que, con la imagen que se habría formado de cómo eran aquellos animales, vea más impedimento en el tiempo que llevaría realizar la experiencia que en cualquier otra cosa. (Recordemos que, de llevarse a cabo, tendría que haber sido a pelo).

[1] Ambas citas de Rousseau, J., 1979, Escritos de combate, Alfaguara, Madrid, p. 246

Ejemplos representativos

Con el quítame-allá-esos-hectolitros de la última bronca PP-PSOE sobre trasvases que no son trasvases, campos de golf y naranjas de la china (de una china que tiene una frutería en Valencia, quiero decir), se repite sin cesar una expresión que pretende ser representativa del consumo de agua urbano: “agua para boca” o “agua para beber”; ya ves, como si de los ciento y muchos litros de agua por persona y día que se consumen, la mayor parte se fuesen en hidratar el gaznate. Hasta el agua utilizada para arrastrar los orines vespertinos por el retrete es más voluminosa que el “agua para boca”. En fin, supongo que ‘agua para la cisterna’ suena peor.
De todos modos, si la expresión no es la más acertada, tampoco parece que sirva para justificar el trasvase o transporte o como cojones lo quieran llamar de agua del Segre a Cataluña. Si la prioridad, como quieren hacernos creer, es el “agua de boca”, lo normal sería que las restricciones en épocas de sequía afectasen principalmente al sector industrial y agrícola. El trasvase-que-no-es-un-trasvase, sin embargo, sirve para salvar a estos sectores de mayores penurias, como explicó Josu Mezo hace un par de semanas en su blog de ADN:

[...] parece difícil imaginar que entre medidas de ahorro, o de suspensión temporal de los regadíos en algunas zonas, no sea posible “encontrar” los 45 hectómetros que, como máximo, se dice que se trasvasarían desde el Segre. Pero claro, con el agua, como con el dinero, es más cómodo, expeditivo y políticamente rentable conseguir una ayuda exterior que ahorrar o mejorar la gestión.

Ya se sabe: de aquéllos polvos vinieron estos hijos de puta.

La ciencia del ecofeminismo

Con frecuencia se argumenta que las tecnologías en sí no son ni inherentemente buenas ni malas y que sólo se pueden juzgar en función de su aplicación. Este argumento se basa en el muy cacareado postulado de que la ciencia y la tecnología están desprovistas de valores y no tienen ninguna influencia sobre las relaciones sociales.
El análisis más detallado que han realizado algunas feministas en los últimos años ha revelado, no obstante, que las relaciones sociales dominantes también forman parte integrante de la tecnología misma. No podemos seguir discutiendo si la tecnología de reproducción o la tecnología genética son buenas o malas; es preciso criticar tanto los principios más básicos de estas tecnologías como sus métodos. Dichos principios se basan en la explotación y la subordinación de la naturaleza, de las mujeres y de otros pueblos (colonizados). Este contexto determina el sesgo inherentemente sexista, racista y en último término fascista de las nuevas tecnologías de reproducción.
[...]
La fuerza y la violencia son los cimientos invisibles sobre los que se construyó la ciencia moderna. Esto explica la violencia contra las mujeres durante la caza de brujas y la violencia contra la naturaleza, concebida como femenina.[1]

Ahí es nada. De lo que se entera uno leyendo posmodernidades de esas, oye… Ah, y por si alguien se lo está preguntando, no, el artículo no pasa la Ley de Godwin :-)

[1] Mies, M., 1998, “Nuevas tecnologías de reproducción: sus implicaciones sexistas y racistas”, en Mies, M., Shiva, V., La praxis del ecofeminismo, Icaria, Barcelona, pp. 29-31

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