Super Bomberman 2

Yo no soy un gran jugón. Desde las épicas batallas on line del Diablo II no he vuelto a viciarme masimavente a ningún juego. Y, en aquella época, al final, jugaba ya más por avaricia, por sed de poder, por pasar de esa insignificancia de nivel y llegar a lo más alto y conseguir los objetos más majos expulsados por alguno de los jefes de nivel, con mi armadura y el utillaje típico de los buscadores de tesoros, todo engarzado con topacios perfectos para aumentar el chance, la probabilidad de conseguir objetos buenos. Pero eso es otra historia.

Los mejores ratos siempre los he pasado en compañía; y los más mejores de todo el Universo, en compañía del Super Bomberman 2 de Super Nintendo en su opción multijugador. Ha habido más Bombermans, pero ninguno me ha proporcionado más horas de diversión.
Para los sacrílegos que ignoren tan magna obra japonesa, el Bomberman es un juego que consiste en manejar un monigote que pone bombas a troche y moche a lo largo de una pantalla llena de enemigos a los que matar y bloques con jugosas sorpresas que explosionar. Cada bomba desprende una llama en las cuatro direcciones que indica su alcance.

La versión para un jugador es ni fu ni fa. Tienes que ir destruyendo diferentes enemigos, con diferentes habilidades y resistencia de acuerdo al nivel en el que te encuentres, hasta llegar a un final, supongo, al que yo nunca he llegado. No hay mucho que cortar por ahí.

Lo entretenido de verdad llega en su versión para dos jugadores (en el caso del Super Bomberman 2; en el Bomberman World de Playstation, por ejemplo, pueden jugar hasta cinco). Cada uno comienza en una de las cuatro esquinas de la pantalla, asignada aleatoriamente. Las prisas en ese caso no son buenas, y en más de una ocasión me he encerrado al poner una bomba sin querer justo donde no podía escapar de su alcance (con el consiguiente deceso de mi personaje).
Según avanza el combate, los personajes controlados por los jugadores y los controlados por la máquina van adquiriendo habilidades al recolectar power-ups, que se encuentran al dinamitar bloques: velocidad, potencia, capacidad para patear bombas o agarrarlas con la mano o poner más de una seguida. Cuando una de tus bombas se carga a algún contrario, todas las habilidades que tenía se desperdigan por un lugar cercano y las puede coger cualquier otro jugador (o destruirlas con una bomba). Al final, cuando sólo quedan dos bombermans dopados hasta las trancas de power-ups, corriendo a todo correr, poniendo bombas de máxima potencia de ocho en ocho e intentando mutúamente encerrarse, el juego gana un puntito muy especial. Muchas veces te encierras con tus propias bombas, ya que a las velocidades a las que transcurre el juego en ese momento no es del todo sencillo controlar bien al monigote. Otras se acaba el tiempo y nadie gana. Y otras ganas tú, obteniendo satisfacción, orgullo y reconocimiento social; en ocasiones incluso hasta sexo oral. Depende de como te lo montes. Lo que sí que consigues seguro es comenzar la siguiente batalla bañado en oro.


El Bomberman 64, para la Nintendo 64, otorgó más movilidad al personaje, con un escenario en 3D lleno de villanitos adorables que reventar. Fue algo grotesco. Otras versiones de Bomberman han incluido novedades no tan… “novedosas” como la de la N64, aunque tampoco han llegado a hacerse con un huequecito especial en mi corazoncito. Mejores gráficos, más opciones, mayor variedad de power-ups, personajes diferentes con dispares habilidades… Pero el mítico de verdad, el que me conquistó, ése fue el Super Bomberman 2.