Ubuntu y la estimulación anal

Estoy un poquito irritado con la instalación de Ubuntu en el portátil (laptop para los que han leído a Descarts en el Bachillerato o planean irse a London a mejorar su inglés). Lo instalo en el VMWare y ningún problema, salvo que va un poco lento por eso de que está detrás el Vista esperando para darme una carta de ‘visita la pantalla azul’ (¡Cielos! Está sonando ‘Video kill the radio star’ en el mp3. ¿Pero cuándo le he metido esto?).
Una vez que he hecho acopio de la valentía necesaria, hago una partición en el disco y pruebo a meterlo como es debido… pero entonces es cuando empiezan las cosas a fallar. La pantalla tiene una resolución extraña que soy incapaz de arreglar. Lo he hecho en Kubuntu, pero por alguna razón lo mismo no funciona en su hermano color tofe (ejem, seamos decorosos). La tarjeta de sonido da un poco igual, ya que siempre lo tengo desconectado, pero que conste que tampoco furrula.
Sin duda lo peor es el Wi-fi, que es, junto con un editor de texto cualquiera, lo que necesito para trabajar con el ordenador. Además, me obliga a tener que resolver todos los fallos recurriendo al PC de sobremesa para consultar e ir chequeando posibles soluciones. (Buf, ésta es de ‘The Rocky Horror Picture Show’. Pero menudo batiburrillo tengo aquí metido).
Pero nada, oye, que no encuentro solución. Y yo de UNIX sé lo justo para navegar por los directorios y poco más, que aquí se utiliza la consola para todo. (No como en Windows, que mucha gente ni siquiera sabe que existe algo parecido). De los tres problemas que me han saltado a los cinco primeros minutos de mi primer intento de instalar Ubuntu (que ya van…), no he logrado resolver ninguno (salvo la resolución en Kubuntu…). Si es que en cada página te dan una solución diferente. Y al menos alguna me podría servir…

En fin, sí, Ubuntu y Kubuntu son más bonitos que Vista o XP, pero yo es que no logro encontrarles las ventajas. Al menos con Windows sé a lo que me enfrento y hay mucha más gente jodida con los mismos problemas que yo. Y podemos todos ayudarnos y darnos apoyo moral. Pero éstos dos son terreno inexplorado para mí; y los exploradores precedentes no es que ayuden gran cosa a clarificarnos el asunto a los novatos (newbies para los del Descarts). Y si tengo que dedicarle mucho tiempo a aprender estas cosillas para hacer cuatro chorradas, pues no me cunde. (Mierda, ¿esto es country?).

Preservando la pureza del entorno

Stilton la sigue por el largo pasillo de linóleo y dice:
-Hace mucho tiempo que el movimiento por la supremacía blanca y el partido verde tienen contactos. -Dice-: Proteger la naturaleza no está muy lejos de preservar la pureza racial.[1]

[1] Palahniuk, C., 2006, Diario. Una novela, DeBolsillo, Barcelona, p. 172

Con faldas y a lo loco

Como todo el mundo sabe, lo que diferencia a un hombre de una mujer es que los primeros llevan pantalones y el pelo cortado a cepillo, mientras que las últimas siempre lo llevan largo y visten faldas. Conscientes de este hecho, los cuatro trazos poco detallados de los muñequitos calvos de las señales de tráfico o los semáforos dibujan un contorno masculino; un hombre adulto, de mediana edad, caucásico y con ladillas. Las féminas llevan coletas y falda. Las féminas, los escoceses y los travestidos, pero no nos vayamos a liar.
Con la finalidad de mantener el orden público y no dejar desamparadas a todas esas mujeres que no se sienten identificadas con el monigote que indica cuándo está el semáforo abierto o cerrado para los peatones, con la consiguiente angustia y desorientación que eso puede producir, varios ayuntamientos se han decidido a modificar esos malévolos leds impuestos por la autoridad fálica y el machismo consustancial de las modernas sociedades.
Desde esta bitácora, concienciada y adoctrinada en todas esas gilipolleces del sexismo respecto del lenguaje neutro y en otros ámbitos igualmente (igualmente, he de repetir) estúpidos, queremos felicitar a los responsables de tal medida e instarlos a acoger políticas en el mismo sentido con respecto a enanos y lisiados. Creo que es justo recordar y tener en cuenta que no todos poseemos un antebrazo izquierdo o conservamos la pantorrilla derecha.
Gracias a estos nuevos cambios, impulsados por los responsables políticos, las mujeres ven al fin reconocida por la sociedad su capacidad para cruzar pasos de peatones.

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