Angst!

«CRISIS DE LOS VEINTICINCO AÑOS: Período de hundimiento mental que se produce después de los veinte años, normalmente provocado por la incapacidad para vivir fuera del mundo de la enseñanza o de los ambientes estructurados, acompañado del descubrimiento de la propia soledad en el mundo. A menudo supone la iniciación en el ritual del consumo de fármacos.»[1]

¡Ay!

[1] Coupland, D., Generación X, 1993, Ediciones B, Bilbao, p. 48

De cabrones está el mundo lleno

Hoy he vuelto a devolver un libro a la biblioteca lleno de absurdas anotaciones y falsas exégexis a lápiz en los bordes y el pie. He inventado obras y autores, ciudades y editoriales, signaturas y palabras; algunas anotaciones están en alemán y cito autoridades inexistentes en su idioma original. He dedicado más tiempo a decorar con mis vaciedades fingidamente eruditas el libro que a leerlo. Ignatius Reilly me guía.

Una historia de violencia

Fujitsu-Siemens me ha visto la cara. En realidad, nos la ha visto a todos. Sólo así se puede explicar que lleven más de un año para intentar solucionarme un problema de iluminación de la pantalla del portátil. Ya casi hasta me he acostumbrado a leer medio a oscuras; cuando me pongo con el sobremesa exclamo: “¡Ah, cuánta luzzzz! ¡Tfi, tfi, tfi, tfi, tfi! [Sonido de succión]“.
Con cada “reparación”, aparecen en la cubierta del ordenador nuevas muescas de guerra. Allí donde había un pequeño bulto negro de goma ocultando un tornillo (en un bello, lejano e idílico pasado) han emergido horribles cicatrices. Del embalaje original mejor ni hablar; decir tan sólo que se fue un día a comprar tabaco y nunca volvió, y que en casa le echamos mucho de menos. Los de F-S me han dicho que sin problemas en el paraíso (no te jode, como que lo habéis perdido vosotros, mamonazos); no sé si mantendrán la misma opinión si, por casualidades de la vida, tienen que reembolsarme el coste de un aparato dañado desde el principio.
Lo mejor ha llegado hoy. El ordenador con iluminación defectuosa ya ni enciende. “¿Para qué?”, se preguntará, inocente. Les envío un muchacho sano y recio con problemas de visión y me lo devuelven desnutrido, rígido y con las pupilas dilatadas. Un pisapapeles de puta madre. El operario del servicio técnico me dijo al principio que era la estática, aunque cambió su diagnóstico a negligencia médica tras realizar unas comprobaciones rutinarias. “Embálalo y envíanoslo otra vez, que lo repararemos [Risas de fondo]“. Chachi.
Con los gemidos sordos del cadáver de una joven en lo que viene siendo la violación más multitudinaria y prolongada de nuestro país, ajado ya el cuerpo por continuos y violentos embites pélvicos, de fondo, me despido y os dejo una pequeña pregunta que, qué duda cabe, evocará en el lector agudo profundas reflexiones: ¿cuánto debería esperar antes de solicitar la íntegra devolución del importe del cacharro?

Microhistorias de una ficticia vida real (II)

Hoy me ha venido a la memoria un acontecimiento de mi infancia. Jugaba al fútbol cuando resbalé y caí hiriéndome la muñeca. Al principio sólo dolió el impacto, pero pronto mi brazo se hinchó y me vi impedido para mover con libertad mi mano, so pena de insoportable sufrimiento.
Recuerdo a mi padre llevándome en coche a las urgencias del hospital; fue la primera y, de hecho, la última vez. Tras varias horas de densa espera, un médico me examinó con poca dulzura y falto de amor, cariño o la más mínima empatía, me colocó la mano, que había quedado doblada, en una postura decente, no sin gran dolor, llantos y chillidos histéricos (bueno, tanto no), y me escayoló el brazo casi hasta el codo.
En el colegio utilizaba una pequeña bandera de la comunidad a modo de cabestrillo; no podía hacer gimnasia y el resto de las clases me las pasaba embobado escuchando y sin poder tomar apuntes; sólo participaba de los ensayos de teatro en alternativa al bable.
No quiero que se me malinterprete; era capaz de coger entre los dedos un bolígrafo y escribir, si bien debía mover todo el brazo en comparsa. Simplemente me fingí más dañado de lo que estaba, al menos físicamente.
Mi mayor, más mágica y triunfal actuación tuvo lugar durante la feliz celebración de un examen. Aun sin obligación por parte de nadie traté, durante aproximadamente quince minutos, de escribir con mi zurda, desprendiendo una imagen de tortuosa entrega, arrojo y valentía, valores popularizados en aquella época por Antena 3 en sus sobremesas de fin de semana. La profesora se acercó y me susurró con voz penosa y ahogada que no tenía porqué continuar.
Nunca tuve que repetir ninguno de los controles realizados en el ínterin de mi recuperación.
Pero, como digo, ésta es una historia ficticia.

Toy dañao

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