Una historia de violencia
Fujitsu-Siemens me ha visto la cara. En realidad, nos la ha visto a todos. Sólo así se puede explicar que lleven más de un año para intentar solucionarme un problema de iluminación de la pantalla del portátil. Ya casi hasta me he acostumbrado a leer medio a oscuras; cuando me pongo con el sobremesa exclamo: “¡Ah, cuánta luzzzz! ¡Tfi, tfi, tfi, tfi, tfi! [Sonido de succión]“.
Con cada “reparación”, aparecen en la cubierta del ordenador nuevas muescas de guerra. Allí donde había un pequeño bulto negro de goma ocultando un tornillo (en un bello, lejano e idílico pasado) han emergido horribles cicatrices. Del embalaje original mejor ni hablar; decir tan sólo que se fue un día a comprar tabaco y nunca volvió, y que en casa le echamos mucho de menos. Los de F-S me han dicho que sin problemas en el paraíso (no te jode, como que lo habéis perdido vosotros, mamonazos); no sé si mantendrán la misma opinión si, por casualidades de la vida, tienen que reembolsarme el coste de un aparato dañado desde el principio.
Lo mejor ha llegado hoy. El ordenador con iluminación defectuosa ya ni enciende. “¿Para qué?”, se preguntará, inocente. Les envío un muchacho sano y recio con problemas de visión y me lo devuelven desnutrido, rígido y con las pupilas dilatadas. Un pisapapeles de puta madre. El operario del servicio técnico me dijo al principio que era la estática, aunque cambió su diagnóstico a negligencia médica tras realizar unas comprobaciones rutinarias. “Embálalo y envíanoslo otra vez, que lo repararemos [Risas de fondo]“. Chachi.
Con los gemidos sordos del cadáver de una joven en lo que viene siendo la violación más multitudinaria y prolongada de nuestro país, ajado ya el cuerpo por continuos y violentos embites pélvicos, de fondo, me despido y os dejo una pequeña pregunta que, qué duda cabe, evocará en el lector agudo profundas reflexiones: ¿cuánto debería esperar antes de solicitar la íntegra devolución del importe del cacharro?
Microhistorias de una ficticia vida real (II)
Hoy me ha venido a la memoria un acontecimiento de mi infancia. Jugaba al fútbol cuando resbalé y caí hiriéndome la muñeca. Al principio sólo dolió el impacto, pero pronto mi brazo se hinchó y me vi impedido para mover con libertad mi mano, so pena de insoportable sufrimiento.
Recuerdo a mi padre llevándome en coche a las urgencias del hospital; fue la primera y, de hecho, la última vez. Tras varias horas de densa espera, un médico me examinó con poca dulzura y falto de amor, cariño o la más mínima empatía, me colocó la mano, que había quedado doblada, en una postura decente, no sin gran dolor, llantos y chillidos histéricos (bueno, tanto no), y me escayoló el brazo casi hasta el codo.
En el colegio utilizaba una pequeña bandera de la comunidad a modo de cabestrillo; no podía hacer gimnasia y el resto de las clases me las pasaba embobado escuchando y sin poder tomar apuntes; sólo participaba de los ensayos de teatro en alternativa al bable.
No quiero que se me malinterprete; era capaz de coger entre los dedos un bolígrafo y escribir, si bien debía mover todo el brazo en comparsa. Simplemente me fingí más dañado de lo que estaba, al menos físicamente.
Mi mayor, más mágica y triunfal actuación tuvo lugar durante la feliz celebración de un examen. Aun sin obligación por parte de nadie traté, durante aproximadamente quince minutos, de escribir con mi zurda, desprendiendo una imagen de tortuosa entrega, arrojo y valentía, valores popularizados en aquella época por Antena 3 en sus sobremesas de fin de semana. La profesora se acercó y me susurró con voz penosa y ahogada que no tenía porqué continuar.
Nunca tuve que repetir ninguno de los controles realizados en el ínterin de mi recuperación.
Pero, como digo, ésta es una historia ficticia.

Microhistorias de una ficticia vida real (I)
Hoy he tirado a un ciego que mendigaba limosna en la calle por las escaleras de un aparcamiento subterráneo. En mi hipótesis inicial sólo fingía ser ciego.

Ex libris
Feliz y gozoso paseaba esta soleada mañana invernal, esquivando las zonas aún nevadas y a los niños que, felices y gozosos como yo, jugaban en ellas, mientras reflexionaba, con felicidad, gozo y extremada cautela, sobre el cartel que, no muy atrás, anunciaba a grandes letras azul cían un descuento del veinticinco por ciento en “hidroterapia del colon”. Fue casualidad que mi mirada, absorta en profundas y sublimes reflexiones anales, se fijase en el tímido y enjuto edificio de El Corte Inglés que se elevaba sin especial elegancia a mi izquierda. “¡Oh! —pensé— ¿es casualidad o quizá intencionada malicia que semejante construcción emerja frente a mí en este preciso momento que mi pensamiento se haya enfrascado en soberbias disquisiciones sobre el recto?”; y sin más melindres me adentré en su interior. A decir verdad fue mi objetivo desde el principio, pero no creí adecuado comenzar de forma demasiado abrupta esta entrada.
Tras una breve visita a la sección de cine, donde que me maravillé en dos ocasiones con la nueva edición de Reservoir Dogs y la edición especial de Los cronocrímenes y, dos veces también, el angst atenazó con fuerza mi maltrecho corazón al comprobar mi precaria economía, dirigí mis pasos a la sección de revistas, adquirí la
Y con la sonrisa inocente, pura y noble de un niño dibujada en mi rostro pasé a la sección de libros, sin muchas esperanzas de encontrar nada que llevarme a los ojos pero con el convencimiento de pasar un buen rato. En “ciencias esotéricas” encontré mucha valiosa inesperada información bibliográfica sobre ángeles, tema del que, ignorante de mí, reconozco no saber lo suficiente. A destacar ‘Cómo contactar con tus guías espirituales: relaciónese con sus compañeros y mentores para su viaje interior’, ‘Veinte casos que hacen pensar en la reencarnación’ y ‘Aprende mientras duermes’, que incluye calendarios hasta el 2020 de universidades del espíritu. Enfrente, “divulgación científica”, que siempre tiene su miga, atesoraba ‘Atlántida: secretos de una civilización perdida’, ‘Enc@rgos (sic) al universo’, que quiero pensar que es un manual de autoayuda, y, la estrella de la función, tanto que estuve a punto de comprarlo, ‘Hombre, una especie NO protegida: respuesta de los expertos a la Ley de investigación biomédica’, cuya contraportada reproduzco a continuación para refutar a quienes acusan a este libro de tendencioso con comentarios insidiosos sobre su objetividad.
«Siete acreditados especialistas opinan fundadamente, desde distintos enfoques disciplinarios, acerca de la investigación con células madre embrionarias.
La creación de embriones in vitro, su posterior congelación y destrucción con fines pretendidamente “terapéuticos”, constituye uno de los principales problemas a los que se enfrenta la Bioética.
En un debate de actualidad tan vigente, a la par que tan intoxicado por los mass media, se precisa la valoración serena y académica de los expertos. Rigor científico que encontrará el lector, neófito o iniciado, en estas páginas».
Pero lo mejor está entre sus páginas: «Aspectos psiquiátricos en torno a los embriones congelados (?) y la investigación con sus células troncales: conversación con el Dr. Aquilino Polaino-Lorente» (interrogación y negritas mías). No sé al resto pero lo que es a mí ese nombre no se me ha olvidado.
Por si alguien quiere entretenerse buscando la disparidad de opiniones sobre el tema de la investigación con células madre (yo ya he buscado a tres de los que se mencionan) que contiene este libro, pongo la foto que le saqué con el móvil al índice. Aunque me parecería muy raro que se encontrasen opiniones como esta.











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