Democracia agresiva
Un día como hoy el 10 de Septiembre del 2007...
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Un buen día estás viendo la tele, exprimiendo naranjas, haciendo calceta o colocando los torsos humanos del armario, y te sorprende una llamada o visita inesperadas (porque, si fuesen esperadas, lo normal sería que no te sorprendiesen). Quizás sea una aseguradora, quien te ofrezca, de gratis, un estudio comparativo de las diferentes ofertas del sector (”no me lo digan: ganan los de la compañía rival”); quizás se trate de la compañía telefónica con la que tienes contratado la línea de teléfono y el ADSL quien contacte amablemente contigo para ofrecerte un contrato de ADSL y línea de teléfono; o también pudieran ser los de esa secta que van por las casas repartiendo folletines dándose lustre, ya sabéis, los del Círculo de Lectores.
Que no es por ellos, ¿eh? Si a ellos ésto ni les va ni les viene. Que es por ti, por ahorrarte dinero, hombre. Es como esos anuncios de Ariel que dicen: “Si todos usásemos Ariel en nuestra lavadora -es en este momento cuando al presidente de la compañía se le tornan los ojos en blanco y tiene un orgasmo- ahorraríamos mil millones de litros de agua al mes”. No están vendiendo un producto; no quieren ganar dinero; sus intereses son puros; Habanos, seguramente.
Llamadme loco si queréis (ja… ja, ja… JA, JA, JA, JA, JA), pero creo que este tipo de negocio, este marketing agresivo, sería extrapolable a ese otro negocio que se conoce coloquialmente como “modernas democracias occidentales” (lo de ‘occidentales’ es un término que se le pone a casi todo, algo así como la denominación de origen; vinos de La Rioja, jamones ibéricos y formas de gobierno occidentales).
Imaginaos. Se podrían establecer modelos mercadotécnicos como, por ejemplo, la Educación para las políticas de urbanismo responsable, donde se sugiriese a determinados políticos el cese de las obras incontroladas y continuadas y molestas y estúpidas por innecesarias, plantando allí mismo, delante de la casa de los susodichos, una obra. Que les levantasen las aceras, la calzada, lo tuviesen todo hecho una porquería, con arena por todos lados y un martillo neumático trabajando ininterrumpidamente de ocho de la mañana a diez de la noche. Además, crearía un “efecto paria” similar al que acontece en las comunidades de vecinos que quieren instalar el cable comunitario y se encuentran en contra al listo que tiene televisión por satélite. Los vecinos del politiquete que se quería hacer el gracioso irritando gónadas ajenas sin sufrir perjuicio en las propias, le hostigarían hasta modificar sus criterios de edificación y remodelación urbana hacia términos más justos.
Se obligaría a los políticos a firmar “contratos de gobierno” abusivos y llenos de restricciones y cláusulas absurdas. Si un político plantea políticas estúpidas o interesadas, se le podría hacer azotar en la plaza mayor del pueblo o la ciudad de turno por un sufrido y concienciado ciudadano vestido de bufón (ésto es algo puramente simbólico). O si se coge a un político corrupto, se le podría llevar a un isla habitada exclusivamente por bebés carnívoros gigantes.
No sé… son sólo ideas… sueños… ah… sólo sueños…
1 comentario
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Bonita bitácora nueva.
Respecto al post… los políticos (y todo el mundo) deberían asumir la responsibilidad tal como la asumen los arquitectos.
Si la casa se cae, al arquitecto se le cae el pelo.
De igual forma debería ser para todo el mundo y para todas las profesiones.
Encantado de leerte de nuevo, un saludo.