La falsa ecuanimidad del agnosticismo
Un día como hoy el 30 de Enero del 2008...
Archivado en El fascio escéptico, El mono de Darwin
Ayer, casualidades de la vida, varias bitácoras que leo con diaria periodicidad han coincidido en alentar a los ateos a afirmarse como tales en su vida social, lo que se suele conocer como ’salir del armario’, puede que no tanto por aversión a la primera expresión como por brevedad. Primero fue Rinzewind y luego el Camarada Bakunin, donde se ha desarrollado algo más extensamente el debate (digo yo, por la cantidad de comentarios que hay, que no los he leído).
Como suele pasar cuando se comentan este tipo de cosas, algunas personas se han descrito a sí mismas como ‘agnósticas’, condición más aparentemente justa que que la de ateo, dado que, mientras el segundo niega la existencia de uno-o-una-o-varios-o-varias-dioses-o-diosas, el primero declara su ignorancia al respecto.
Pero esto es algo que muchos estamos acostumbrados a oír en boca de algunos que falsamente se definen como ‘escépticos’ (’pseudoescépticos’), quienes equiparan las elucubraciones peregrinas y sin sentido de su pseudociencia preferida (ya sea la parapsicología, la ufología[1] o las cucharitas de Uri Geller) con el conocimiento basado en la evidencia empírica. En estos casos se dice que no se puede demostrar un negativo, para salvar de la negación esas bonitas creencias irracionales, a lo que solemos argumentar que la carga de la prueba cae sobre quien afirma la veracidad de esas tonterías y, por lo tanto, su perentorio estudio científico.
Pero esto no es suficiente para aquéllos, para quienes la sola posibilidad de la existencia de su tonta conjetura es suficiente justificación de un estudio científico y profundo y objetivo y a poder ser remunerado. Y es entonces cuando aparecen los unicornios rosas, las teteras de Russell, las Barbies lunares y ejemplos similares que vienen todos a decir algo tal que: no es lo mismo la afirmación de una conjetura salvaje y arbitraria que su negación, consciente además de que muy probablemente ni siquiera podrá ser corroborada (o lo será pero con mucha dificultad) por medio alguno.
En el caso de la religión, al menos de la católica, que es la más conocida por aquí, la idea que se transmite de Dios, además de cínica e irreal (intentando justificar la suprema bondad de tal ser en un mundo más bien poco bondadoso), no guarda coherencia lógica (es contradictoria en sí misma), es completamente infalsable (bueno, dicen que la iluminación viene post mortem…) y otras cosas que no me apetece enumerar ahora, que es tarde y tengo sueño.
Como sea, afirmación y negación no guardan simetría, y es normal, por tanto, que para algunos la postura de aquellos agnósticos que defienden la igual posibilidad de ambas nos parezca inicua. Yendo más allá, incluso un agnosticismo más moderado o tendiente al ateísmo puede aparecérsenos como injusto (desde luego, es de esperar que un ateo considere su opción como máximamente racional y, por lo tanto, el resto de opciones como irracionales en diverso grado). Pero esto último lo dejaré de lado por el momento.
Todo eso se va a entender mucho mejor con una pequeña ficción. Imaginemos que yo, aquí, digo que existe un ser de unas determinadas cualidades, que por comodidad para el desarrollo del relato llamaré ‘Omamba’. Otra persona, que confía mucho en mí y se cree todo lo que yo digo, comienza a defender la idea de la existencia de Omamba, pero pronto se topa con toda clase de argumentos que ponen en duda tal cosa. En lugar de resignarse vira sobre sí mismo 360º, cual político, y ataca a los críticos de Omamba afirmando que la negación de éste no es más que un prejuicio que no pueden probar y que, como mínimo, han de mantenerse en estricta duda sobre el tema. Todo esto es acompañado por la sutil vivencia de varios creyentes en Omamba, quienes dicen que Omamba les guía y les da fuerza para sobrellevar sus penas diarias, y que aquellos que niegan o dudan de su existencia lo hacen por no haber vivido una experiencia como la suya (con el intuitivo conocimiento de la existencia de Omamba que eso supone) o que, aun viviéndola, la niegan y atribuyen a otras causas. A su vez, estos testimonios de creyentes expanden la comunidad de fieles de Omamba.
En esto, yo, presionado por ciertos comentarios en el post en el cual dí a conocer al ser, pero sobre todo por el régimen vegano y de abstinencia sexual a la que pretenden someterme por la fuerza ciertos seguidores como profeta de Omamba que soy, declaro que todo es una invención, parte de un comentario crítico con el agnosticismo y en el que pretendía mostrar la falta de equilibrio entre las ideas teístas y las ateístas. Muchos creyentes se resignan y comienzan a rendir culto al pastafarismo y al único y verdadero Dios, el FSM; otros se niegan a admitir mi confesión y simplemente la ignoran; y otros dicen que me he corrompido, me golpean 101 veces los testículos y luego me lapidan, tal como manda la Ley Divina de Omamba en estos casos.
Ahora los críticos tienen una nueva baza contra Omamba: su iniciador ha confesado el fraude. Pero como hemos visto, algunos creyentes directamente niegan tal confesión atribuyéndola a otros factores, como mi corrupción. A esto Popper lo llama ’sesgo convencionalista’, y consiste en introducir explicaciones auxiliares para salvar una teoría de los inconvenientes que se le presentan.
En esta ficción yo soy alguien especialmente atractivo y, con motivo de mi prematuro y salvaje deceso, mi foto circula por varios telediarios. Tal es su éxito que un club de fans de Alejandro Sanz decide convertirse, por unanimidad, en un club de fans de Psicopanadero y velar tanto mi valor estético como mi integridad moral. Para ello, la presidenta del Club de fans de Psicopanadero, a la que llamaremos fan histérica #1, escribe un artículo en su blog ensalzando mis virtudes y criticando el culto a Omamba, que por estas fechas se ha escindido en varias ramas, con argumentos similares a los expuestos arriba. A no muy tardar llegan a su artículo un grupo de fervientes seguidores de Omamba, de entre los que destaca una a la que llamaremos fan histérica #2, que es quien con mayor elocuencia argumenta a favor de su creencia y en contra del inmoral falso profeta Psicopanadero. Por error, creyendo que aquello es todavía un club de fans de Alejandro Sanz, llega una tal fan histérica #3, a quien todo esto ni le va ni le viene, y se declara agnóstica sobre Omamba, añadiendo además que, dado que no hay posibilidad lógica de despejar la duda sobre su existencia (diferentes creyentes se han encargado de empujar la idea de Omamba hacia la infalsabilidad), la posición de fan histérica #1 y la de fan histérica #2 son igualmente dogmáticas.
¿Os parece justa la posición de fan histérica #3?
Quizás alguien se me pueda quejar de que este relato “tiene trampa”: en él asistimos tanto a la creación como al desarrollo nada alagüeño del mito de Omamba, algo que en las religiones, al menos las más seguidas, parece permanecer en un oscuro limbo de desconocimiento. Pero si alguien es lo suficientemente avezado para ver algo así, también lo es para ver que esto, lejos de ir contra lo que aquí estoy defendiendo, lo complementa: pues no se juzgan ideas puras, en abstracto, sino dentro de un contexto en el que su génesis, desarrollo y contraste con otras ideas tienen valor, el cual parece ser ignorado por algunos agnósticos. Este valor se relativiza según cómo de comprobable sea una idea, siendo más valioso cuanto menos comprobable sea la idea que estemos examinando[2].
[1] La ufología es el caso más claro, ya que directamente se define como el estudio de aquello cuya evidencia resulta insuficiente para estudiarlo (sí, yo tampoco lo entiendo).
[2] Así, por ejemplo, es quizás muy dudoso el camino que ha seguido desde su nacimiento la idea de que las piedras, en condiciones normales, no caen hacia el suelo sino hacia el cielo; sin embargo, es tan sencilla su comprobación que el interesado ni siquiera debe ir con sus cuitas a molestar a los demás.
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Pero Psico, el agnosticismo no se refiere a las afirmaciones de existencia, sino a la existencia como tal.
Me explico- o lo intento-
Lo que un ateo hace es decir que, contrariamente al creyente, Dios no existe. Dejando de momento de lado cuestiones relativas a aspectos concretos de ese supuesto ente, por ejemplo, los atributos concretos con los que se quiera revestir y que pueden ser negados firmemente, lo que el ateo hace es negar la existencia de Dios. Para ello necesita probarlo, no basta con negar solidez a la afirmación creyente. Esto último ya lo hace el agnóstico. Que, por los mismos motivos, niega solidez a la afirmación atea.
Un ateo puede, con todo derecho, negar que las afirmaciones de existencia tengan base alguna, pero no puede sustituirlas por afirmaciones igual de categóricas, pero en sentido contrario.
Si lo quiere hacer, que traiga las pruebas. Y negar las creencias concretas de los teístas no es una prueba de nada a ese respecto.
No hay pruebas posibles a ese respecto, Asigan; ése es el problema. Por ello, la única forma de juzgar una afirmación como esa es acercarse por aproximicación y mesurar cada alternativa todo lo buenamente que nos sea posible. Si aislamos estas ideas de aquello que las ha producido no sacaremos nada en claro; pero esto sucede con cualquier otra cosa.
Supongamos que yo dejo caer una piedra desde una altura conocida y cronometro el tiempo de caída. Esto me da un tiempo de caída x; en condiciones similares me dispongo a dejar caer de nuevo la piedra, y así varias veces, siempre con similares resultados. ¿Debería esperar que en un siguiente intento el resultado fuese similar a los demás, si las condiciones se mantienen? Nunca podrás probarlo, aunque de hecho suceda así. Y esto no es excusa para desconfiar de ecuaciones que aplicadas en determinadas circunstancias nos ofrecen predicciones acertadas, al menos hasta el momento. Supones que en la siguiente tirada obtendrás un idéntido resultado, y podrás racionalizarlo hablando de la inmutabilidad de los fenómenos físicos y cosas así, aunque esto tampoco puedas probarlo. Pero, aún así, difícilmente podrás negar la confianza que tienes en que el resultado de la siguiente experiencia sea como han predicho las ecuaciones.
Cuando leas este mensaje, posiblemente pensarás que estás hablando con Psicopanadero, un ser humano más o menos como tú y al que conoces de hace unos años, al que le supones ciertas características. Pero esto será una suposición y yo podría ser perfectamente un robot o gemelo malvado que imita a Psicopanadero; quizás pudieses probar que yo no soy un robot (por ejemplo, viniendo a mi casa y abriéndome la cabeza a ver si tengo chips o sesos), pero hay una cantidad infinita de hipótesis alternativas, unas más probables que otras, que difieren de tu suposición inicial. Y esta cantidad infinita de hipótesis alternativas de una hipótesis inicial y de “sentido común” de diversos grados de probabilidad están presentes en cualquier fenómeno del que te plantees obtener una explicación.
Lo que quiero decir con todo este rollazo que te estoy metiendo, y perdón por la extensión, es que las dudas surgidas respecto a la posible existencia de Dios, Papá Noél o los gnomos del bosque, surgen al tratar cualquier otro problema, aunque normalmente no nos lo planteemos y sí lo ignoremos. Diferenciamos intuitivamente (en cierta medida) entre unas hipótesis y otras, mandando a algunas al cajón de ‘muy probables’ mientras que otras se quedan en el de ‘cuentos chinos’.
Esto es lo que he querido hacer en el texto, dándole un valor más positivo a la hipótesis ateísta que a la teísta, de modo que, en la clasificación anterior, la ateísta se encuadrase en ‘muy probables’ y la teísta en ‘cuentos chinos’. No sé si me explico…
Declararse agnóstico puede ser práctico al evitar en parte el prejuicio del público hacia el ateísmo para que no se cierre ante un intento de divulgación. Muchos que en la práctica son ateos se declaran agnósticos por honestidad lógica. Pero la verdad es que da bastante igual decir: “Dios no existe” (ya que no puedes afirmarlo), que señalar la carga de la prueba y decir: “no creo que Dios exista, ¿o tienes acaso alguna evidencia que me convenza de la existencia de ese ser mitológico tuyo con superpoderes?”. La segunda frase, en la práctica, viene a ser el “Dios no existe”. Nosotros somos los que debemos llamarnos agnósticos y colonizar el término.
Dada la conocida historia de histeria colectiva preponderante desde tiempos antiguos, y considerando que el hombre siempre ha pretendido forzar un orden a las cosas (fuera del orden natural, como la afinidad natural entre moléculas por ejemplo) me resulta imposible declararme agnóstico y aventurar que la existencia de dios es por lo menos improbable. Mi posición siempre ha sido la de ateo, pues estoy convencido que cualquier manifestación dendriforme se encuentra totalmente al amparo de las pocas neuronas de unos cuantos listillos, que se han convertido a sí mismos en intermediario de lo divino. En parte para explicar eso que no entienden, en parte para vivir de ello.
No puedo declararme agnóstico por la simple razón que dudar de todo lo improbable resultaría un ejercicio imposible. Existen miles de millones de “improbabilidades” desde la existencia de dios, la tetera en órbita, hasta los elefantes con calcetines a control remoto. Ya es posición elegida por los demás entregarse sin ninguna reserva al delirio generalizado en boga.
Al final todo depende de como se defina agnosticismo y/o ateismo. Lo digo porque he escuchado la palabra agnóstico para una amplia variedad de posturas. Desde el que cree que la probabilidad de que exista o no exista un diós es equivalente, hasta aquellos que ponen el ejemplo de la tetera de Russell a la que antes aludiste. Los últimos son ateos, pero por alguna razón se autodenominan agnósticos.
El agnosticismo de verdad es el que considera que no puede saberse si existe un diós o no, lo cual vuelve en cierta manera irrelevante todo el asunto. Nótese que puede emplearse ese punto de partida para justificar tanto el deismo como el ateismo.
En cuanto a los ateos, el problema está a la hora de explicar la postura. Con pruebas de un ser sobrenatural, creador del universo, etc…, muchos ateos dejaríamos de serlo. No es la negación por la negación, es sencillamente que no hay una sola prueba para afirmar que existe un ser así (Y eso que se han buscado). Lo lógico es creer en su no existencia.
En primer lugar, reconocer que en la descripción de la entrada que incluyes en la “Red por una información crítica” te refieres a un “tipo de agnosticismo” concreto.
Aún así, el texto parece ir en contra del propio agnosticismo, o al menos no hay reserva sobre ningún tipo.
Hay que hacer notar que Papa Noel y los gnomos son seres que actúan y pertenecen al “mundo”, mientras que Dios solo lo es en cuanto a alguna de sus descripciones concretas o algunos de sus actos, lo cuales, como los primeros, si son susceptibles de negación en el mismo sentido que cualquier otro “hecho” empírico.
El agnóstico, al menos el agnóstico que yo creo o quiero ser y que era- y perdón por situarme en un nivel siquiera parecido a él- Carl Sagan, por ejemplo, no niega que se pueda mantener una postura contraria a la existencia de Dios. Que valore la postura que la niega como más sostenible, sólida o probable que la contraria. Pero que no confunda ello con conocimiento.
Es importante distinguir entre la afirmación de la inexistencia de Dios y la negación de las afirmaciones creyentes. No es lo mismo decir que los creyentes no tienen razón alguna para creer que hacer de ello una razón para negar la existencia.
Lo que tú, Psico, haces, es exponer buenas razones para rechazar cualquier afirmación acerca de la existencia de Dios e ilustrar la mayor solidez de la opinión contraria al respecto, pero en ningún caso estableces que Dios no exista.
“[...] pero en ningún caso estableces que Dios no exista.”
Es que eso es imposible, Asigan
Y mucho menos con una idea que muta de creyente en creyente, cuya definición está infinitamente menos consensuada que la de Papá Noel o los gnomos del bosque. Tampoco puedo establecer que la inducción aplicada al estudio de los fenómenos físicos sea correcta, como expliqué (o intenté hacerlo) en el anterior comentario; pero estaría siendo cínico si dijese que enfrento cada fenómeno como si éste fuera nuevo para mí, aun habiéndolo experimentado miles de veces.
“El agnóstico [...] no niega que se pueda mantener una postura contraria a la existencia de Dios. Que valore la postura que la niega como más sostenible, sólida o probable que la contraria. Pero que no confunda ello con conocimiento.”
En esto coincido con los comentarios de arriba: a una postura como esa yo la llamaría ateísmo, y no agnosticismo.
Por otro lado, es imposible obtener conocimiento de algo que es impermeable a la razón e inaprehensible a los sentidos. Cabría dudar incluso de que las preguntas sobre la existencia de Dios o lo sobrenatural en general tuviesen algún sentido.
“[...] en la descripción de la entrada que incluyes en la “Red por una información crítica” te refieres a un “tipo de agnosticismo” concreto.
Aún así, el texto parece ir en contra del propio agnosticismo, o al menos no hay reserva sobre ningún tipo.”
Bueno, creo que me he referido a un tipo de agnosticismo concreto, y lo he señalado así en el texto. Por supuesto, los argumentos en contra de aquellos que consideran teísmo y ateísmo como dos caras de la misma moneda van también contra otros tipos de agnosticismo (más cercanos a las posiciones teístas, más alejados, etc.; quizás hubiese sido mejor hablar de ‘grados’ y no de ‘tipos’…).
Perdón por responder tan desordenadamente. Me he levantado hace poco y estoy todavía un poco soñoliento
Dejemos la idea que muta, los caracteres y atributos concretos, es la idea de Dios la que, como dices, es imposible demostrar. Eso significa que no es asequible al conocimiento. Repitamos : “eso es imposible” Punto pelota. El ateo, en el sentido fuerte, es decir, el ateísmo no asimilable al llamado ateísmo debil, que no es más que una forma de llamar al agnosticismo, encara una labor imposible pareja a la del creyente que asegura que Dios existe. Si reconoces esto eres agnóstico.Lo llames como lo llames. Asegurar que carece de sentido cualquier pregunta sobre Dios, por el hecho de que algo así resulta inhaprensible a la razón o los sentidos no dice nada salvo sobre la capacidad de conocimiento humano, Dios podría existir perfectamente, sean cuales sean sus atributos. Si lo que quieres decir es que, por ello, puedes vivir tu vida como si Dios no existiera, de nuevo eres agnóstico, no ateo. (O ateo en sentido débil)O aseguras que es posible saber de la existencia de Dios, en cuyo caso, dependiendo de lo que concluyas, eres ateo o creyente, o deduces que es imposible saber sobre Dios, en cuyo caso acabas agnóstico.
El ateo que niega las afirmaciones creyentes no se compremete acerca de la cuestión última de la existencia de Dios. Pasa de ella. La considera sin sentido e inasequible al conocimiento humano. Es agnóstico.
Ahora bien, los agnósticos, aquellos que afirman, junto a los ateos, que los creyentes creen paparruchas, también debiera salir del armario.
Esto es muy bonito, Asigan, de veras, pero es reducir el razonamiento humano a pura lógica en un universo abstracto. E incluso la lógica necesita de presuposiciones que no puede demostrar. ¿Qué sucede con aquellas cuestiones, también últimas, que afectan de manera crítica al individuo, que condicionan su entendimiento del entorno y de las que no puede zafarse ni actuar con pasividad? ¿Cómo puedo yo valorar que lo que percibo es más o menos una buena aproximación de la realidad y no un ajeno pensamiento de un genio malvado que pretende confundirme?
Tiene que haber un punto en el que apoyar la razón en estos casos, a partir de los cuales emergerán todas las otras cuestiones. No por irresolubles requieren menos mi atención. Y es a partir de aquél que yo puedo afirmar que no tiene sentido plantearse la idea de Dios, dada su potencial incomprobabilidad, su dudosa génesis y desarrollo, etc.; no hay valoración sin criterio, y en circunstancias como esas es normal que toda posibilidad aparezca equivalente a cualesquiera otras.
Las cuestiones últimas son problemáticas y no siempre tan fácilmente elusivas como aquí. La teoría es muy bonita; la razón pura suena a valor elevado; pero nada de ello se corresponde con mi actuar de hecho ni con mis posibilidades de acción. Puedo fingirme desorientado frente a Dios, pero seguro que poco dudo en reafirmar mi vena más empirista ante la posibilidad de ver mis testículos separados del resto de mi ser:-D
Lo que quiero decir, con tanta morralla de por medio, es que la imposibilidad lógica de una demostración es una característica frente a otras que deben ser consideradas a la hora de valorar una idea. Si yo afirmo, como lo he hecho, que las ideas teístas son ‘cuentos chinos’ y las ateístas ‘muy probables’ no es porque me haya quedado sólo con esas características bonitas de la idea que la hacen inhaprensible a lo que llamo razón, sino porque he tenido en cuenta otros factores.
Si quieres llamar a esta forma de actuar ‘agnosticismo’ me parece bien; pero a mí me lleva a negar la idea de Dios, por lo que considero que soy ateo