La perdición del panadero
Un día como hoy el 3 de Marzo del 2008...
Archivado en Psicopanadero, el amigo de los niños
Hoy os voy a contar una pequeña anécdota sobre mi persona e incluso, por qué no, sobre mí mismo. Intentaré suavizarla, restarle dramatismo en la medida de lo posible con la esperanza de que no quede nada empalagosamente emotivo, pero no será fácil; no, no lo será, porque os voy a abrir mi corazón y, quién sabe, quizás algún órgano más. Es una historia clásica de amores imposibles e influencias perversas; un retrato fielmente descriptivo de un urbanita profundamente materialista, pero a la vez un poco cavernícola y poeta. Esto último lo he copiado de un folleto de novelas románticas baratas, así que no garantizo que el relato se asemeje a ello.
Contaba yo entonces con trece rotaciones completas alrededor del Sol. Vivía en un pueblo pequeño, surcado por una carretera que encontraba allí el único vestigio de civilización en kilómetros, donde todos éramos un poco paletos e inocentes debido, principalmente, a que la señal de las televisiones autonómicas no tenía la dicha de arribar a nuestros hogares. ‘Internet’ seguía siendo la red interna de los bañadores; el ‘Máquina Total’ era uno de los discos más esperados, vendidos y copiados en cintas recicladas de Los Chunguitos; el cambio climático todavía no se comía a nadie y los detergentes seguían lavando más blanco, en una progresión que aún hoy se nos antoja infinita. Por aquel entonces ‘Gran Hermano’ no era más que una amenaza y el L. Casei Inmunitas sólo existía en la perturbada mente de latinistas trasnochados. Y yo necesitaba comprar una paleta para mezclar las témperas en clase de Plástica.
Cursaba 3º de la ESO, mirando con admiración y respeto a los de 4º y con desprecio a los de 2º. El profesor nos había dicho que el naranja y el violeta eran colores que atraían más a un público joven, lo que constituye en la actualidad uno de los tantos y tantos datos inútiles que retengo en la almendra, quién sabe porqué. También nos dijo que necesitábamos ciertas herramientas de trabajo para desarrollar el temario del curso. A todo esto, hoy en día tengo el convencimiento, tras una minuciosa exégesis retrospectiva, de que el profesor fumaba palitos de la risa, perseverando en el tópico que aqueja a los profesores que imparten estas materias. Pero esa es otra historia que seguro que a nadie interesa.
Había dos clases, principalmente, de paletas destinadas a ser maltratadas por malvados escolares pubescentes como nosotros. Por un lado se encontraban unas paletas de plástico que tenían la forma que uno imagina que debe tener una paleta de pintor, a un increíble coste de cien pesetas por barba. Luego estaban otras, también de plástico, que eran como cochiqueras, permitían mezclar mejor los colores y su precio se elevaba hasta las trescientas pesetas. Todos compraron de alguna de estas dos variedades; todos… menos yo.
Mi madre siempre se está quejando, desde que tengo uso de razón o de algo que se le parece, de que no tiene dinero. Cada vez que mi hermano o yo le mendigábamos algo que fuese válido fuera del Monopoly (bueno, del
Infeliz de la vida, me dirigía con el rutilante tesoro de Ali Babá y las cuarenta madres ahorradoras a una tienda que intercambiaba artículos de dibujo y pintura por papeles de colores verde, rojo, violeta o azúl. También sobres de MagicTM, un dato interesante ya que yo era un freak de los de a tiempo completo, que se dedicaba a cartas coleccionables de esas, al Warhammer, a los juegos de rol, al manga, a los videojuegos absurdamente violentos y a los absurdos per se y al cine gore y de serie B. En fin, era difícil conseguir porno en aquellos tiempos.
Hum… la cosa… es que… bueno… que yo tenía trece años como trece pelos en mis anteriormente lampiños testículos… y que la dependienta de la tienda era… cómo decirlo… estaba… sí, estaba potente… buenorra… como un queso, vamos. Le pedí una paleta, me enseñó varias y le compré la más cara con mi más absurda sonrisa impresa en mi cara de idiota. La testosterona, menuda es.
Y ahí estaba yo, erigiéndome entre todos mis compañeros de clase con mi estructura ergonómica de manipulación pictórica de cuatro mil cucas, intimidando, cual Nacho Vidal, al resto de los paletas presentes en la sala. Creo con firmeza que si me hubiese gastado el dinero en drogas mi madre se hubiese enfadado menos. (Ah, y la paleta era de plástico).
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La calentura y las compras no se llevan. Y agradece que tu sufrida Amà no perteneciera al club de ” dice mi Mama que siempre no lo quiero”.