Who wants to live forever?

Un día como hoy el 26 de Enero del 2008... 
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El mero dejar de existir no es un mal para nadie. La idea que resulta aterradora es la que se forja la imaginación al fabricar esta fantasía: la de imaginarnos como seres vivos, sintiéndonos al mismo tiempo muertos. Lo odioso de la muerte no es la muerte misma, sino el acto de morir y sus lúgubres circunstancias, cosas todas ellas por las que también debe pasar el que cree en la inmortalidad. [...] la bendición del Cielo que el budismo propone como recompensa y que puede ser conseguida mediante la perseverancia en la vida virtuosa, es la aniquilación o, por lo menos, la cesación de toda existencia consciente y separada. En esta religión, la labor de los legisladores y moralistas consistió en proveer un motivo sobrenatural que ayudase a los hombres a comportarse con rectitud; y no pudieron encontrar nada más trascendente y excelso capaz de ser presentado como máximo premio y sólo alcanzable mediante gran esfuerzo y renuncia, que lo que a nosotros se nos presenta como idea terrible: la aniquilación. [...] No sólo me parece posible, sino probable, que en una condición más elevada y feliz de la vida humana, no sea la aniquilación, sino la inmortalidad, la idea que llegue a resultar insoportable; y que la naturaleza humana, aunque le agrade el presente y no esté deseando dejarlo, encuentre consuelo, y no tristeza, en el pensamiento de que no está eternamente encadenada a una existencia consciente que dudosamente quisiera conservar para siempre.[1]

He aquí al bueno de Stuart Mill, preparándonos para el calentamiento global, el terrorismo internacional, la desaparición del plátano, el colesterol…

[1] Mill, J. S., 1995, La utilidad de la religión, Alianza, Madrid, pp. 93-95

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